Una antigua leyenda tehuelche recuerda a Koonel, la anciana hechicera de la tribu, que estaba demasiado agotada para continuar caminando hacia el Norte; el invierno estaba próximo y había que buscar lugares donde no faltara caza. Como era habitual en esos casos, se le construyó un buen Kau y se le dejo abundante comida; pero seguramente no le alcanzaría para todo el invierno.
Para esa época no existían los calafates. Quedó totalmente sola; hasta los pájaros emigraron con la llegada de las primeras nieves, pero ella subsistió inexplicablemente.
A la llegada de la primavera se asomaron las primeras golondrinas, algunos chorlos y algunas inquietas ratoneras. Koonek les increpó la actitud de haberla dejado sola, sumida en el silencio; a lo que las avecillas respondieron que ello se debía a que durante el invierno no tenían dónde resguardarse del viento y del frío y además el alimento era escaso.
Koonek sin salir del toldo, les respondió: “desde ahora en adelante podrán quedarse, tendrán abrigo y alimentos.” Cuando abrieron el toldo, la anciana hechicera ya no estaba, se había convertido en una hermosa mata, espinosa, amarilla y de perfumadas flores, las que al promediar el verano ya eran moradas frutas de abundante semilla.
Los pajaritos comieron su fruto y los tehuelches desparramaron las semillas de Aike en Aike. Ya nunca más se fueron las aves y las que se habían ido, al enterarse, regresaron.Por eso, dice la leyenda, el que come calafate vuelve.
Este fruto le dio nombre a la localidad santacruceña, cercana al Parque Nacional los Glaciares, uno de los lugares más visitados del país, en el cual abunda este arbusto típico del sur de la Patagonia, de flores amarillas y cuyo pequeño fruto morado, es utilizado para la elaboración de sabrosos dulces artesanales y de un riquísimo licor al que los tehuelches llaman "guachacay".
Fuente: Turismo 530
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