lunes, 17 de marzo de 2008

En el último rincón del planeta: Crónica del mareo

Panorámica de un iceberg bañado por el sol. (Foto: A.M.)

17 de marzo de 2008 (Paso de Drake).- Aún no son las diez de la mañana y veo el teclado doble. Además de tener un fuerte dolor de cabeza, un considerable mareo e irresistibles ganas de vomitar. No, no se trata de que ayer me pasara un poco en la celebración de la primera noche pasada en el Ushuaia, nada de eso. Sólo es que estamos cruzando el Paso de Drake.
Es el conocido estrecho que separa los territorios más australes de Sudamérica con la península Antártica. Punto de encuentro del Pacífico y el Atlántico, los dos océanos más grandes de la Tierra, sus aguas aquí se disputan el sitio e intentan ponerse en orden. Por encima, las masas de aire frío que proceden de la Antártida marchan hacia el norte para batallar con los vientos que bajan de aquella dirección.
La consecuencia es la frecuente aparición de zonas de baja presión y el resultado final es el mareo bestial que tengo ahora mismo. Sin costas, islas ni nada que detengan al oleaje que levantan tales vientos, las olas viajan a toda velocidad aumentando su tamaño y fuerza a unas dimensiones que son difíciles de comprender. En medio está este barco que quiere llegar a la isla del Rey Jorge, convertido en cáscara de nuez que es el objetivo de esta naturaleza desbocada.
Zarpamos ayer del puerto de Ushuaia a las 18.00 horas y hasta que alcanzamos el final del canal de Beagle no tuvimos el menor problema. Navegación tranquila por mitad de un brazo de mar que separa Chile y Argentina, y que ofrece un espectáculo estupendo de tierras remotas, con evocadores rincones que acaso jamás han sido recorridos.
Nada más salir a mar abierto cambió la cosa. Ha sido poco a poco, es decir, cada balanceo llegaba algo más lejos que el anterior. Ahora el barco no se balancea, ahora hace loopings e inquietantes sacacorchos que no permiten quedarte parado en pie ni un segundo. Aunque me ha tranquilizado mucho la previsión del tiempo.
Según nos cuentan los del barco, las previsiones son excelentes, con viento suave del Nor-nordeste y se promete una travesía tranquila, al menos durante las siguientes horas. Vale. No sé qué será cuando nos digan que la cosa se va a poner fea. Creo que cuando este mar se cabree, aquí se marea hasta el capitán.
Dicen que quien cruza estas aguas tiene derecho a mear contra el viento y a colocarse un anillo en su oreja. No creo que haga ninguna de estas dos cosas, bastante tengo con vomitar cada cinco minutos.
Nada más partir, nos han dado unas instrucciones que hay que seguir a pies juntillas (difícil con este balanceo...). Lo primero es caminar siempre apoyado a alguna pared, para no perder el equilibrio. No dejar en el camarote ni en otra parte del barco cosas como cámaras, ordenadores..., sueltos, pues se pueden convertir en objetos voladizos. Por eso no se recomienda estar descalzo en el barco, en el suelo puede haber cristales rotos de alguna copa que se haya caído. Por razones evidentes, no conviene salir a cubierta con oleaje y siempre con ropa de abrigo, pues es sencillo pillar una neumonía a causa de los vientos polares que hay.
Aunque el peligro más peligroso de todos los peligros que tiene el barco son las puertas. Hay que tener cuidado de no agarrarse a ningún quicio ni marco, un golpe de mar la puede cerrar con fuerza y amputarnos dos o tres dedos. Las escaleras son otro punto de cuidado; el espacio aquí es bastante reducido y los huecos para subir y bajar son estrechos, por lo que es fácil abrirse la cabeza con el techo al subir o bajar.
Así que para evitar daños mayores, me he refugiado en mi camarote. Aquí el único peligro es caerme de la silla como me acaba de ocurrir ahora mismo, con cada cabeceo del barco. Uff, termino esta crónica, me voy a por la cuarta vomitona del día.

Alfredo Merino

Del Blog Viaje al continente helado

El mundo.es

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