lunes, 16 de noviembre de 2009

La vida en las estancias británicas


Viedma.- (APP) La vida en las estancias británicas de la Patagonia, donde se criaban y esquilaban miles de ovejas, está narrada con detalles descriptivos muy ricos en el libro de Mollie Robertson, con sus memorias de los años 1920 en estancias del sur rionegrino.


Caroline Holder, la argentina que realizó la traducción y acaba de recorrer escenarios del relato en la estancia Huanuluan, sostuvo que “pinta el paisaje y los animales de la fauna silvestre y el ganado, los trabajos rurales y el comportamiento humano con enorme belleza”.


Varios de los pasajes de “The sand, the wind and the sierras, days in Patagonia” (“La arena, el viento y las sierras, días en la Patagonia”) están referidos a las instalaciones de la estancia, como por ejemplo el almacén para los peones.


Caroline autorizó a Télam a reproducir los siguientes fragmentos del texto de Mollie.


“Durante muchos años el almacén había quedado muy abandonado y deslucido: anexado al casco, era un edificio destartalado con techo de chapa y muchas corrientes de aire, su polvoriento interior lleno de telarañas, los estantes apilados por una mezcolanza de mercadería añeja de la era victoriana.”


“Entre otros artículos totalmente inapropiados se encontraba una serie de figuritas de porcelana, pastoras con perritos necios en los brazos; estuches de manicura de peluche y redecillas para el cabello descoloridas, entrelazadas con manchadas cintas rosas”


“Atrás del mostrador largo y rústico había bolsas amontonadas de maíz y lentejas, y cajones forrados de cinc llenos de azúcar y harina. Detrás de ellos, apoyados unos contra otros como borrachos, estaban los costales de cuero de potro donde se guardaban el arroz, la polenta y la yerba.”


“Había pilas de galleta dura como el cemento desparramadas por el suelo polvoriento en la parte trasera del almacén. Estas constituían la ración de pan, y eran repartidas entre los peones en bolsas de arpillera, una por mes por familia.”


“Eran tan duras que se tenían que quebrar con una piedra grande antes de comerlas. La costumbre era remojar la galleta en café caliente, lo cual al menos la ablandaba lo suficiente como para poder comerla.”


“Mi padre opinaba que si se pudieran disparar con un cañón serían proyectiles formidables” (Fragmentos de ‘La arena, el viento y las sierras’ de Mollie Robertson, traducción de Caroline Holder)


(TELAM)

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