sábado, 3 de enero de 2009

El Paso de Drake... hay que respetarlo...

sábado 3 de enero de 2009


A estas alturas seguro que a nuestros chicos el Cabo de Hornos debe parecerles el Mar Menor de la Región de Murcia, de lo calmado que debe estar, sobre todo debido a que en estos momentos están pasando el Paso de Drake, del que podemos ver las tres imágenes de una expedición anterior en el BIO Hespérides y el BIO Las Palmas.



Nuestros investigadores partieron el día 2 de enero a las 09:00 hora local de Ushuaia, con lo que a estas horas es seguro que estén casi a mitad del camino a la Isla Decepción, en pleno Paso de Drake. Por ello vamos a conocer un poco mejor este Paso.


El Pasaje de Drake, Paso Drake o Mar de Hoces es el tramo de mar que separa América del Sur de la Antártida, entre el Cabo de Hornos (Chile) y las Islas Shetland del Sur (Antártida). Comunica el Océano Pacífico al oeste con el Mar del Scotia al este. Su anchura es de unos 800 km. Sus aguas son de las más tormentosas del mundo.




Fue descubierto por el marino español Francisco de Hoces en 1525, cuando su barco, el San Lesmes, que formaba parte de un convoy que trataba de cruzar el estrecho de Magallanes, fue arrastrado por un fuerte temporal hacia los 55º sur, viéndose obligado a llegar al Océano Pacífico bordeando el Cabo de Hornos, nunca antes divisado por otro europeo. Por esta razón, algunos prefieren denominarlo Mar de Hoces.


El primer viaje documentado a través del paso fue el del barco Eendracht, comandado por Willem Schouten en 1616. Posteriormente, a raíz del viaje del pirata inglés Sir Francis Drake, los cronistas anglosajones impusieron mayoritariamente el nombre de Pasaje de Drake al Mar de Hoces.


El pasaje es el cruce más corto existente entre la Antártida y el resto de las tierras emergidas del planeta. El límite entre el Atlántico y el Pacífico es considerado, a veces, como una línea entre el Cabo de Hornos y las Islas Shetland del Sur (donde se encuentra la Isla Decepción y la Base Gabriel de Castilla). También se señala como límite natural entre ambos océanos la curva formada por las Antillas del Sur, o Arco de Scotia, que penetra hacia el este. Aunque el límite convencional más recurrido es el meridiano del Cabo de Hornos, hasta tocar el paralelo 60º Sur, donde comienza el Océano Glaciar Antártico.



El paso es mar abierto, excepto por las pequeñas Islas Diego Ramírez a unos 100 km al suroeste del Cabo de Hornos. No hay ninguna masa de tierra significativa alrededor del mundo a la latitudes del Paso Drake, lo que permite el libre desplazamiento de la Corriente circumpolar antártica que lleva un enorme volumen de agua (alrededor de 600 veces el flujo del Amazonas) a través del pasaje y alrededor de la Antártida.



Las aguas del paso son famosas por lo tormentosas, con olas de más de 10 metros bastante frecuentes. En la siguiente foto podemos ver el Buque Las Palmas pasando el Paso de Drake.




Del blog "Expedición a la Antártida"

Bitácora de viaje de un investigador de la Universidad de Murcia

Científicos en la Antártida

A la vista de un globo terráqueo ¿seríamos capaces de señalar un área, aun pequeña, no contaminada? No parece una tarea fácil ¿verdad? Dicho de otra manera: las únicas zonas vírgenes del planeta -de existir- serían las inaccesibles al hombre; pero ¿queda alguna?


La Antártida se caracteriza por el clima y la despoblación. Es el continente más frío, donde el 24 de agosto de 1960 el termómetro registró -88'3ºC, la temperatura más baja jamás conocida. Está azotada por fuertes vientos que, en el interior, han alcanzado 320 km/h. Situada en los confines del planeta, misteriosa e inaccesible, fue descubierta hace menos de 200 años, aunque ya en 1603 el almirante español Gabriel de Castilla navegó por aquellas latitudes. Allí habita el animal más grande, la ballena azul, que puede llegar a medir hasta 30 metros y pesar 150 toneladas; el pájaro más grande, el albatros gigante, con una envergadura de hasta 3 metros; y una fauna muy rica. Curiosamente, no hay insectos, ni apenas virus, ni bacterias, produciendo una casi ausencia de enfermedades en los seres humanos.


Es el único continente que ha permanecido virgen, sin colonizar y sin dueño. En este contexto, se encuentra la Isla Decepción, lugar de asiento de la Base Antártica Española Gabriel de Castilla, a más de 1.000 km. del lugar poblado más cercano y a 13.000 km. de España.


La Antártida, pues, constituye un lugar privilegiado para la investigación y seguimiento de los efectos del denominado cambio climático. Se ha detectado un incremento de las temperaturas de 2.5ºC en los últimos 50 años, así como una disminución de la capa de ozono que ha producido el denominado «agujero de ozono» antártico. El proyecto Interacción parásito-hospedador y respuesta inmune en tres especies de pingüinos antárticos: efectos del cambio global pretende conocer los efectos del cambio climático en la fisiología de los pingüinos papúa, barbijo y adelia, estudiando la interacción parásito-hospedador y su respuesta inmune. Para ello se recogerán muestras de ellos, evaluando su exposición a los agentes contaminantes del entorno, los cuales se suponía que eran inexistentes o de poca relevancia.


La Universidad de Murcia participa en este proyecto a través del Dr. Miguel Motas y la becaria predoctoral Silvia Jerez, ambos del Área de Toxicología de la Facultad de Veterinaria, quienes permanecerán alrededor de dos meses en la base científica española
(http://expedicionenlaantartida.blogspot.com/). Les deseamos mucho éxito y les esperamos para escuchar su apasionante experiencia.


laverdad.es

Tres minusválidos físicos mostrarán su capacidad en una expedición a la Antártida


La expedición española con destino al Polo Sur en cuyo grupo hay tres personas con minusvalías físicas, que deberán recorrer 250 kilómetros sobre la Antártida, ha recibido hoy la despedida oficial, antes de partir mañana hacia una aventura con la que quieren demostrar "la capacidad de los discapacitados".

El biólogo Xavier Valbuena, de 44 años, que perdió una pierna en un accidente de moto; Jesús Noriega, representante de una multinacional alemana, de 34, al que le falta una mano de nacimiento; y el técnico deportivo Eric Villalón, de 35, que sólo tiene una capacidad visual de un 5%, conforman, junto a los guías Ramón Larramendi e Ignacio Oficialdegui, la expedición "Polo Sur sin límites", financiada por la obra social de La Caixa.

Los tres, unos avezados deportistas, han recibido hoy una emotiva despedida en el Cosmocaixa de la mano del presidente de la Generalitat, José Montilla, que les ha entregado una 'senyera' para que la coloquen cuando lleguen a su objetivo, el Polo Sur Geográfico, previsto, para el próximo 27 de enero.

Antes, a los expedicionarios, que saldrán mañana rumbo a Punta Arenas (Chile), desde donde viajarán hasta Patriot Hills (latitud 88o) en la Antártida, les esperan tres semanas del "verano" austral en una de las zonas más inhóspitas del planeta, con temperaturas de -40 grados, vientos de 300 kilómetros por hora, y llevando siempre cada uno su trineo de 60 kilos.

Eric Villalón, que ha hablado en el acto en nombre de los tres protagonistas, ha explicado muy emocionado que eligieron la Antártida "porque se trata de un paso iniciático, un punto de inflexión" en el mundo de las personas con discapacidades.

"Cualquiera puede tener un accidente y perder un miembro, eso no es un impedimento para vivir; no hay que tener límites, simplemente hay que contar con los instrumentos y los ánimos para conseguir los objetivos que nos proponemos", ha afirmado Villalón, quien ha reclamado a la sociedad que abandone la imagen estereotipada de la supuesta "normalidad" física basada en "las barbies y en los kens".

La aventura, además de un gran desafío deportivo, que ha conllevado un año y medio de preparación, es además una campaña científica "única en el mundo" ya que por primera vez se tomarán muestras a lo largo de los 250 kilómetros hasta llegar al Polo Sur Geográfico, en la latitud 90o Sur.

Los análisis de estos datos aportarán resultados sobre los niveles de contaminantes orgánicos e inorgánicos, así como la constatación de la vida bacteriana atrapada en el hielo antártico.
El presidente de la Generalitat ha destacado que se trata no sólo de un reto deportivo y científico, sino que tiene "un valor añadido extraordinario" de carácter social, ya que sirve para demostrar la sorprendente capacidad humana, "que cada uno tenemos en nuestro interior", y que además lanza un mensaje positivo de "superación" a las nuevas generaciones: "si queremos, podemos".

Por su parte, el presidente de la obra social de La Caixa, Jaume Lanaspa, ha asegurado a los expedicionarios que cuando estén en la "inmensa soledad" de la planicie antártica habrá muchas personas pensando en ellos y en su proeza.

La expedición "Polo sur sin límites" de la obra social de La Caixa -en colaboración de sus áreas de integración social y medio ambiente- tiene como directores científicos a Josep Maria Gili y Montserrat García, quien HA recalcado que se trata de un "reto social" de superación física y mental de gran dificultad para cualquier deportista.
Lavozdeasturias

Antártida: noticias de tierra incógnita


Nada hay comparable al lejano sur. Allí labraron sus hazañas los exploradores de la edad heroica y sitúan la última frontera los viajeros de nuestro tiempo. Hito geográfico, pero también un estado de ánimo.



«Fram» atraviesa una crujiente lámina salpicada de galletas de hielo, flanqueado por imponentes acantilados y lenguas de glaciares que se reflejan en el espejo grisáceo del mar. La tripulación llama al Canal de Lemaire el «Kodak Crack» por la cantidad de disparos de las cámaras que rompen el silencio durante la travesía. Es el único ruido que se escucha, con permiso del viento, pues los pasajeros apenas balbucean alguna palabra de admiración. A menudo se preguntan si de verdad están aquí, si este lugar salvaje e inhóspito existe, si la pétrea espina dorsal que surge del océano es real y no un decorado digital, y les asalta la convicción de que un paso más allá del refugio flotante serían carne de cañón. Aunque otros experimentaron la desolación y vivieron para contarlo. Con 11 kilómetros de longitud y 1.500 metros de anchura, este canal pegado a la Península Antártica fue descubierto por una expedición alemana durante el verano austral de 1873-74, pero no fue navegado en su totalidad hasta el viaje de Adrien de Gerlache a bordo del «Bélgica» en 1898-99. Gerlache lo bautizó en honor del explorador del Congo Charles Lemaire. Por aquel entonces quedaban últimas fronteras que cruzar, en África, en la Terra Australis Incognita y hasta en la Luna, y el mundo era tan interesante que no había segundas vidas que vivir en el ciberespacio. La edad heorica de la exploración estaba a punto de comenzar con su rosario de hazañas y tragedias. Pero el viajero de nuestro tiempo, ese que muestra a los suyos, a miles de kilómetros de distancia, los témpanos de hielo a través de la webcamde su portátil, no puede abstraerse de esas historias del lejano sur. Quizás sienta una presencia invisible que le acompaña en la Antártida, como la sintieron Shackleton y sus compañeros de naufragio en el último tramo de su epopeya.



La carrera hacia el Polo Sur

Aunque algunos historiadores creen que el español Gabriel de Castilla pudo ver alguna de las islas Shetland del Sur en 1603 y el británico James Cook fue el primero en cruzar el Círculo Polar Antártico y circunnavegar el continente en la década de 1770, la confirmación de que más allá del Pasaje de Drake había tierra llegaría el 19 de febrero de 1819: el inglés William Smith avistó de forma casual la isla Livingston cuando viajaba desde Montevideo a Valparaíso. Los cazadores de focas tomarían las Shetland y el extremo norte de la Península Antártica a lo largo del siglo XIX, antes de la llegada de los grandes aventureros.


La exploración de la Antártida no tenía parangón; no había que enfrentarse a animales salvajes ni a indígenas hostiles (de hecho, fue auténticamente descubierta por sus exploradores, pues nunca habitó ser humano allí). El oponente era más formidable: vientos de hasta 300 kilómetros por hora, temperaturas inferiores a los 50 grados bajo cero, un océano con aspecto de criatura viva en cabreo permanente, una banquisa que atrapaba y trituraba los barcos, una costa sin apenas puertos naturales y largos días de helado silencio. La lucha se establecía entre el aventurero y las fuerzas desatadas de la naturaleza, entre el hombre y los límites de su resistencia. A principios del siglo XX el reto se salpimentó con la rivalidad entre británicos y noruegos, en la que tres nombres brillaron con luz propia: Robert Falcon Scott, Ernest Shackleton y Roald Amundsen. La soberbia e incompetencia de unos fue decisiva en la resolución de la carrera hacia el Polo Sur.


Scott y Shackleton se asociaron en 1901 y, a bordo del «Discovery», inauguraron la edad heroica. Junto con el doctor Edward Wilson recorrieron 1.536 kilómetros en 94 días y llegaron a casi 1.200 kilómetros de su objetivo, teniendo que regresar tras pasar un infierno. Los tres hombres no sabían esquiar bien ni guiar a los perros y acabaron enfermos de escorbuto e insultándose en mitad de la nada. Shackleton había aprendido poco de sus errores cuando su buque «Nimrod» se hizo a la mar en 1907. Sin Scott (nunca más recibiría órdenes de nadie) y con subalternos de confianza? entre ellos Frank Wild, que le acompañaría en la expedición del «Endurance»? partió en octubre de 1908 de Cabo Royds, en la Gran Barrera de Hielo, con diez caballos y nueve perros. Los caballos resbalaban y caían y acabaron formando parte de la dieta de los expedicionarios. A unos 160 kilómetros del Polo, hambrientos y congelados, decidieron dar la vuelta y vivir antes que alcanzar la gloria y morir.



Ese destino le estaba reservado a Robert Scott, sumándose además la amargura de no ser el primero en llegar al Polo Sur. Su expedición y la de Amundsen emprendieron la marcha en octubre de 1911; Scott siguió la huella abierta por Shackleton y, como aquel, utilizó caballos (a pesar de su demostrada inutilidad en este terreno), además de trineos a motor que no funcionaban y perros que nadie sabía guiar. Cuando llegaron a su destino comprobaron que el rival noruego, mejor pertrechado y entrenado, les había ganado por la mano. «Ha sucedido lo peor. Se han desvanecido todos los sueños», escribió Scott en su diario. «¡Santo Dios, esto es un lugar espantoso! Y ahora volver a casa, haciendo un esfuerzo desesperado». La última línea de su diario, escrita el 19 de marzo de 1912, presagiaba la tragedia. «Es una lástima, pero no creo que pueda escribir más».


Los que enfilan hoy hacia el lejano sur no tienen que sufrir estos dramas y los modernos buques disponen de calefacción y estabilizadores, pero de algún modo la Antártida sigue reservándose el derecho de admisión. El guardián se llama Pasaje de Drake, un tormentoso tramo de mar de 800 kilómetros de ancho que separa el Cabo de Hornos y las islas Shetland del Sur. Allí se citan los océanos Atlántico y Pacífico y el viaje admite pocas bromas. Fue descubierto por el marino español Francisco de Hoces en 1525, cuando su barco fue arrastrado por un fuerte temporal. De hecho, algunos prefieren llamar al pasaje Mar de Hoces.



El primer viaje documentado lo protagoniza en 1616 el holandés Willem Schouten, descubridor del Cabo de Hornos, una isla barrida por las tempestades. Buscaba una ruta alternativa para sortear el monopolio de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, que utilizaba las únicas vías conocidas para llegar a los destinos asiáticos: el Estrecho de Magallanes y el Cabo de Buena Esperanza. Schouten seguía una pista: años antes, en 1578, Francis Drake, durante su circunnavegación del globo ?con patente de corso de Isabel I de Inglaterra para tocar las narices a la flota española?, descubrió que Tierra del Fuego no era un nuevo continente como se creía, sino una isla. Había, pues, una alternativa a la ruta «tradicional». El navegante holandés dobló el cabo, al que llamó Hoorn en honor al pueblo en que nació; luego, por esas cosas del lenguaje, pasó a denominarse Hornos. Los años sembraron de pecios las profundidades de alrededor.



Olas de diez metros zarandean el «Fram» mientras avanza por el Pasaje de Drake. Lo levantan sacando su proa del agua, que cae después con estrépito. El mar parece una batidora cuyo contenido cambia de color, del añil al gris metálico, según la luz que le pegue; el viento despeina las crestas de las olas y la espuma pulverizada forma pequeños arcoiris. Albatros y petreles de gigantesca envergadura siguen la estela del barco sin esfuerzo aparente, planeando sobre montañas de agua. A bordo hay tráfico de drogas... legales. A una conocida marca de pastillas antimareo se le une otra, más fuerte. Y pulseras y parches con más pinta de placebo que de otra cosa.


método vale para salir victorioso de esta travesía de dos o tres días, incluso borrar el vaivén de la mente (quien sea capaz de hacerlo). Dicen que a todo marino que atraviese el Drake le será permitido lucir un aro de oro en la oreja izquierda y podrá orinar en contra del viento. El segundo privilegio suena arriesgado a pesar de todo.



Arqueología antártica

La tregua llega en isla Decepción, en las Shetland del Sur, un antiguo volcán que colapsó dejando que el agua penetrara por un flanco y formara una bahía circular. El acceso se realiza por un estrecho paso conocido como los Fuelles de Neptuno, descubierto en la década de 1820 por cazadores de focas americanos. A principios del siglo XX los barcos balleneros utilizaron una cala cercana para levantar la estación Hektor.


Hasta finales de la década de 1930 fueron ocupados todos los puertos naturales de la Península Antártica, donde grandes buques factoría despedazaban a los cetáceos que eran cazados por lanchas en aguas abiertas. Cuando los barcos incorporaron rampas en popa para izar las ballenas a bordo se abandonaron los refugios costeros, que adquirieron la categoría de arqueología. Los restos de la estación Hektor y de la base británica Deception Base B constituyen uno de los monumentos históricos más frecuentados de la Antártida.


Parejitas de pingüinos papúa y barbijo pasean por la playa volcánica, una pandilla de págalos espera picotear algún desperdicio dejado por los turistas (vana esperanza: los guías son muy estrictos con estas frivolidades), algún valiente cava un agujero y prueba las «aguas termales» de Decepción después de darse un chapuzón en el mar? no consta que haya dispensa por ello? y las cabañas en ruinas, los depósitos herrumbrosos de combustible y grasa animal, los restos de barcazas y los huesos de ballena quedan ahí, inasequibles al paso de las centurias, para ser visitados por las futuras generaciones.


Una luz fantasmal baña el islote de Goudier, el lugar donde se levanta Port Lockroy, una vieja base británica que fue construida en febrero de 1944 en el contexto de la Operación Tabarin de la Royal Navy para contrarrestar las aspiraciones soberanistas de Argentina sobre la Antártida. Chile se sumó a la fiesta y durante aquellos años se levantaron decenas de bases supuestamente científicas que, con el tiempo, fueron abandonadas o cedidas a terceros países. Una goleta irrumpe inopinadamente en el escenario como salida de una película de piratas; pieza de caza mayor para los fotógrafos, que deben de andar con cuidado para no resbalar en el guano de pingüino que se acumula en la playa pedregosa. Port Lockroy fue restaurada en 1996 y desde entonces permanece abierta a los visitantes durante el verano antártico. Ha sido designada monumento histórico ?la región del Mar de Ross tiene 14 sitios protegidos relacionados con expediciones británicas de la época heroica? y convertida en museo. Alrededor de 70.000 postales son enviadas desde aquí cada año por los turistas a más de cien países distintos (el correo tarda de dos a seis semanas en llegar pues, obviamente, no existe un servicio exprés).
Herencia de la Operación Tabarin es la base ucraniana Vernadsky, situada en las Islas Argentinas, que inició sus operaciones en 1996 después de que los británicos vendieran la antigua base Faraday a la Academia de Ciencias de Ucrania por el simbólico precio de una libra esterlina. Faraday alcanzó renombre mundial en 1985 cuando sus científicos descubrieron el agujero en la capa de ozono.


Vernadsky es famosa por su pub, el más austral del mundo (65º 15' S), donde se sirve una copa de vodka gratis a todas las mujeres que dejan su sujetador aquí. En la pared de «trofeos» del bar hay sostenes de todas las tallas imaginables.


El barco recorre despacio el profundo fiordo de Andvord Bay, que discurre perpendicular al eje principal del Estrecho de Gerlache, penetrando más de 20 kilómetros en la Península Antártica. El paisaje es sobrecogedor, con decenas de icebergs flotando mansamente en la bahía, algunos enormes con forma de castillos almenados, todos irrepetibles y con fecha de caducidad. Espíritus de hielo que surgen de la niebla. Desde aquí al Mar de Weddell, al otro lado del espinazo montañoso, hay apenas 50 kilómetros. En aquellas aguas se fraguó una impresionante hazaña.
Shackleton, endeudado y en el dique seco, tuvo que leer en la prensa la tragedia de Scott y el triunfo de Amundsen. El pescado estaba vendido. ¿O no? «Nunca la bandera arriada, nunca la última empresa». En agosto de 1914, días antes del estallido de la primera guerra mundial, partió hacia el sur. «Queda el viaje más impresionante de todos, la travesía del continente», escribió. Tras navegar en el Mar de Weddell y cuando faltaban 160 kilómetros para llegar a tierra, su barco, el «Endurance», quedó atrapado en el hielo.


La batalla por la supervivencia duró veinte meses y ni uno solo de los 27 tripulantes perdió la vida. Los expedicionarios tuvieron que soportar penurias inimaginables, el naufragio del «Endurance» y una durísima travesía en los botes salvavidas a la isla Elefante antes de que Shackleton, con un puñado de hombres, realizara a bordo del «James Caird» uno de los viajes más memorables de la historia de la navegación.

MIGUEL ÁNGEL BARROSO
eldiariomontanes


Ahora, el remoto Sur tiene ya bases permanentes en las que los científicos estudian la Antártida y donde los pingüinos forman parte sustancial del pasisaje blanco y silencioso al que se puede llegar en viaje turístico.
FOTOS: GONZALO CRUZ

Investigadores en el fin del mundo

Cada año durante el verano austral, un centenar de científicos españoles, en coordinación con los de otras naciones, realizan sus trabajos experimentales en la Antártida, escenario único para estudiar el cambio climático.


“Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Mucho frío. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito”. Ese particular anuncio fue publicado en la prensa británica por el explorador Ernest Shackleton (quien realizó en 1914 la fallida expedición transantártica en el barco Endurence), y reflejaba el destino incierto que esperaba a quienes estuvieran dispuestos a formar parte de su tripulación.



Por suerte los científicos españoles que cada año durante el verano austral viajan a la Antártida tienen muchas más garantías para llevar a cabo sus expediciones. El pasado 17 de noviembre un equipo de la Unidad de Tecnología Marina del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) abrió la Base Juan Carlos I, en la isla de Livingston, marcando el inicio oficial de la campaña antártica, que vuelve a coincidir con la celebración del IV Año Polar Internacional, un programa de investigación interdisciplinar y divulgativo, que coordina el esfuerzo mundial por avanzar en el conocimiento de las regiones polares.



El buque de investigación oceanográfica Hespérides, que zarpó desde Cartagena el pasado 20 de diciembre, y las bases antárticas Juan Carlos I y Gabriel de Castilla, situadas en las islas Livingston y Decepción, respectivamente, son las plataformas antárticas desde las que un centenar de investigadores españoles cada año, en coordinación con los de otros países, realizan sus trabajos durante el verano austral.



Juan Manuel Viu, jefe de la Base Juan Carlos I durante esta campaña, destaca, en declaraciones a este diario, la trascendencia de la expedición. “Esta campaña se desarrolla en un año intenso para la actividad científica en la base, ya que estamos inmersos en el Año Polar Internacional, que se traduce en un significativo apoyo científico y de financiación por parte de la comunidad científica internacional. En el caso de España, el Ministerio de Ciencia e Innovación ha realizado un esfuerzo sin precedentes en la investigación polar.



También se iniciarán los trabajos de remodelación de la base, que la situará en la vanguardia tecnológica en cuanto eficiencia energética; además de aumentar sensiblemente la utilización de energías alternativas como son la eólica y la solar”. “En cuanto a la actividad científica en la Base Juan Carlos I, que es gestionada por el CSIC, y en la Gabriel de Castilla, que gestiona el Ministerio de Defensa, se desarrollará el apoyo técnico y logístico de 16 proyectos de investigación en temáticas como Meteorología, Glaciología, Biología y Geociencias, incidiendo tanto en la variabilidad climática actual o pasada en la Antártida como en sus efectos medioambientales, cuestiones fundamentales para comprender el cambio global y sus consecuencias en la flora y fauna antárticas”, explica Viu. Además, este experto señala que estos ámbitos de investigación han sido adoptados como objetivos prioritarios dentro del Año Polar Internacional.



La Antártida, con temperaturas que varían entre los 30 y 65 grados bajo cero y vientos de 70 kilómetros, con ráfagas habituales de hasta 190 kilómetros por hora e incluso superiores, hacen de este continente el lugar más frío y ventoso del planeta. Además, posee más del 70% de las reservas de agua dulce de la Tierra, lo que la convierte en lugar estratégico. “Es un universo particular en muchos aspectos. El medio físico es único en el planeta, el Tratado Antártico hace que en asuntos legales e institucionales también sea una excepción”, precisa Viu. En los casi cuatro meses que durará esta campaña pasarán unos 40 científicos por la Base Juan Carlos I. “El total de científicos, contando a la Base Gabriel de Castilla y en los buques oceanográficos Hespérides y Sarmiento de Gamboa, asciende a 185”, indica Viu.



Los científicos españoles desarrollan intensas jornadas de investigación, bajo duras condiciones meteorológicas. Por la ubicación en que se encuentra la base del CSIC (a 62 grados de latitud Sur, cerca del círculo polar ) nunca llegan a tener sol durante las 24 horas. Pero nadie sería capaz de convencerles de que es mejor renunciar. Es la llamada de la ciencia en un laboratorio natural único. Y eso convierte a la Antártida en lugar de peregrinaje de científicos de todo el mundo.


europasur.es

Activistas contra caza ballenas dejan Antártida por combustible

SIDNEY (Reuters) - El grupo contra la cacería de ballenas Sea Shepherd dijo que se ha visto obligado a abandonar temporalmente su persecución de la flota ballenera japonesa en la Antártica mientras su nave recarga combustible.


Paul Watson, fundador del grupo con base en Estados Unidos, dijo en un comunicado publicado en la página en internet del grupo (www.seashepherd.org) que su barco Steve Irwin recargará combustible en el puerto más cercano y regresará a la persecución.


Watson dijo que la operación de dos semanas en el Océano Antártico ha tenido éxito debido a que ha disminuido la cantidad de ballenas asesinadas por la flota japonesa.


La flota ballenera de Japón están en la Antártida por su cacería anual para capturar a 900 ballenas. A pesar de la moratoria internacional sobre la cacería de ballenas vigente desde 1986, Japón justifica sus actividades afirmando que tienen propósitos científicos.


La mayor parte de la carne de ballena termina en vitrinas de supermercados y locales de comida.
"Los hemos perseguido, hemos detenido sus actividades de cacería por dos semanas y los hemos expulsado con éxito de las aguas territoriales antárticas australianas", dijo el viernes Watson en un comunicado.


"Ahora regresamos a tierra para recargar combustible. No tenemos el lujo de recargar en el mar como lo hace la flota japonesa", agregó.


Sea Shepherd dijo que ha perseguido a la flota japonesa por dos semanas y que la hizo salir de las aguas que Australia reclama como parte de su territorio antártico.


Los japoneses dicen que están en aguas internacionales


El Instituto de Investigación de Cetáceos de Japón, que dirige la cacería anual, ha acusado de Sea Shepherd de "ecoterrorismo" y de embestir y poner en riesgo a las naves japonesas, acusaciones que Watson rechaza.


(Editado en español por Ricardo Figueroa)

Estudiantes y científicos chilenos viajan a la

La delegación conocerá la labor científica que se efectúa en ese continente.


Punta Arenas, 2 de enero de 2009. Estudiantes de enseñanza media de Concepción, Curacautín, Villarrica, Valdivia y Punta Arenas, y científicos del Instituto Antártico Chileno (Inach) acompañarán al Príncipe Alberto II de Mónaco en la primera etapa de su visita a la Antártica, entre el 5 y 8 de enero. La delegación cumplirá una intensa agenda en la Península Antártica con el fin de conocer in situ el impacto del cambio climático en el ecosistema polar.


Los estudiantes chilenos son los ganadores del concurso nacional sobre ciencia antártica, Feria Antártica Escolar, que organiza hace 4 años el Inach y la Fuerza Aérea de Chile (Fach), con el apoyo del programa Conicyt-Explora. También viajará el Director Nacional del Inach, Dr. José Retamales, y los investigadores Marcelo Leppe, paleobotánico, y Stefan Kraus, vulcanólogo, ambos del Inach.


La delegación de 13 estudiantes y 5 profesores llega a Punta Arenas este sábado 3 de enero durante la tarde, mientras que Alberto II de Mónaco tocará tierra magallánica durante el domingo. Los estudiantes son del colegios República del Brasil e Inmaculada Concepción, de Concepción; Instituto Alemán Carlos Anwandter, de Valdivia; Colegio Alemán de Villarrica; Liceo B-13 "Las Araucarias", de Curacautín; y Colegio Charles Darwin, de Punta Arenas.


El Dr. José Retamales comentó que a su llegada el Príncipe tendrá reuniones privadas con investigadores de Inach, en las cuales se le dará a conocer el trabajo científico nacional, principalmente en geología y oceanografía, y luego éste ofrecerá una cena a autoridades locales en el Club de la Unión.


La comisión saldrá rumbo a Antártica a primera hora del lunes 5. La autoridad de Mónaco alojará en la base “Eduardo Frei Montalva” de la Fach, y visitará las bases Bellingshausen (Rusia), Gran Muralla (China) y Artigas (Uruguay).


El programa continúa el martes con recorridos por las bases King Sejong (Correa del Sur), Comandante Ferraz (Brasil) y Arctowski (Polonia). En la noche, habrá una cena organizada por el Inach, en su base científica “Profesor Julio Escudero”. El miércoles efectuará un sobrevuelo a las bases chilenas “Arturo Prat” de la Armada y O’Higgins del Ejército, además de las bases Ohridiski de Bulgaria y Juan Carlos I de España.


La delegación volverá a Punta Arenas el 8 de enero. Alberto II continuará rumbo a Torres del Payne, donde espera conocer el gran hallazgo de fósiles de ictiosaurios, reptiles gigantes marinos que habitaron esta zona hace 90 millones y que hoy son parte de un proyecto de investigación entre Chile y Alemania. El Dr. Marcelo Leppe será quien acompañará al Príncipe en este trayecto.


Al día siguiente está presupuestado regresar a la capital de Magallanes, donde efectuará actividades con autoridades locales. Volverá a la Antártica permaneciendo hasta el 21 de enero en la zona, recorriendo diversas bases científicas. En total se espera que conozca 26 bases de 18 países que están presentes en el confín del mundo.



Alberto II de Mónaco posee un especial interés por llamar la atención de la opinión pública mundial sobre los efectos del cambio climático global en los polos. El Príncipe Alberto II de Mónaco es el soberano reinante de un Estado que el 31 de mayo de este año se convirtió en el número 47 en firmar el Tratado Antártico, el cual cumple 50 años este 2009.


Departamento de Comunicaciones y Educación
Instituto Antártico Chileno