viernes, 20 de enero de 2017

ANTÁRTICA: Caminando entre pingüinos: Una crónica de la Antártida. Dos grados. La vida en Byers






Lo primero que uno ve cuando asoma la cabeza a través de la puerta de la tienda es una fantástica vista de una inmensa pradera de musgos, una amplia bahía y en los días claros la isla Decepción al frente. A la izquierda se puede observar el resto de la isla de Livingston y al fondo los picos nevados de los montes Friesland.


Amanecer en Byers significa salir de la confortabilidad del saco de dormir de plumas, algunas veces el único sitio donde es posible sentir algo de calor, a los 2 grados que reinan en el interior de la tienda. La primera acción es la misma que llevamos a cabo en nuestro hogar al despertarnos, ir al baño, solo que en el campamento no existe el baño como tal. En realidad una parte del baño ha quedado reducida a la mínima expresión que es lo que ocupa un bote o botella de plástico donde se puede evacuar lo que nuestros preciados riñones filtran durante la noche. Hay que recordar que en Byers no se puede verter ningún tipo de resto y solo en el caso de la orina esto puede hacerse en el mar. Asi que cuando el "baño" personal de cada uno se llena se observa una figura caminante que se dirige hacia el mar con la consabida botella para proceder a su eliminación. A esto lo hemos bautizado como “sacar al perro”, quien tenga perro sabrá por qué.




A continuación, la añorada ducha mañanera es sustituida por un ritual de limpieza “de gato” a partir de toallitas húmedas. Recordemos los 2 grados de temperatura, asi que el gato se limpia a considerable velocidad.

Logramos pues terminar de equiparnos con las multiples capas de ropa, 2 en las piernas y 3 o 4 en la parte superior, y salimos al exterior donde un viento más o menos fuerte nos recibe. Nos encaminamos hacia el igloo que está a unos 25 metros de las tiendas. Sería el equivalente de recorrer en nuestra casa el espacio entre el dormitorio y la cocina, solo que en lugar de 20 grados, tenemos un cero menos en la cifra.




En el igloo, nos espera una fantástica cafetera italiana, una plancha para calentar pan de molde, galletas, mantequilla, mermelada, miel. Un buen rato de desayuno, conversación con nuestros compañeros y disfrutar de un ambiente “cálido” donde hemos ganado dos o tres grados, ahora estamos a 5-6 grados. Y bien que se aprecian.

Llega otro de los momentos culminantes del día, tenemos que ir a trabajar a la pingüinera y debemos cumplir la regla de no dejar ningún resto y esto incluye las aguas mayores. Para evitar alguna situación incómoda conviene salir con los deberes hechos de casa. Y aquí encontramos la otra parte del baño. Habitualmente se instala una tienda letrina donde se ubica una especie de retrete construido con una silla sin asiento y debajo de ella un bote donde se pone una bolsa biodegradable fabricada a partir de maiz. Esta bolsa posteriormente se meterá en el bote personal de cada integrante del campamento, donde se irán depositando una bolsa tras otra y al final de la estancia se llevará al buque para ser incinerado su contenido.





Llegamos al momento de prepararse para salir a caminar hacia la pingüinera. Abrigados pero ajustando la cantidad de ropa a la temperatura y al ejercicio físico que se va a realizar, lo último que conviene es sudar en exceso y que el sudor se enfríe. Llevamos el material necesario para el trabajo, algo de comida y bebida y ropa de recambio por si acaso arrecia el mal tiempo y una ventisca nos pueda causar algún problemilla.

Del campamento a la pingüinera se tarda una hora caminando por la playa, unos 5 km, en la que tenemos que sortear con cuidado las decenas y decenas de elefantes marinos que jalonan todo el recorrido. Todo un espectáculo. En la pingüinera estaremos trabajando unas 5 o 6 horas dependiendo del día.





El trabajo en la pingüinera es más o menos sencillo, primero la captura del individuo seleccionado, para ello utilizamos un artilugio al que denominamos “cazapingüinos” y que no es más que un salabre de pesca. Al tiempo de la captura del adulto, los pollos se meten en una bolsa para protegerlos del frío y de la posible depredación por los skuas.




En esta campaña y como hemos comentado en otras entradas del blog, el objetivo principal es obtener información sobre el comportamiento de alimentación de los pingüinos en el mar y relacionarlo con diferentes factores, realizar comparaciones con otras especies y con otras poblaciones de la misma especie. Utilizamos para ello unos dispositivos adosados a las plumas de la espalda del pingüino y que llevan un GPS, un profundímetro, termómetro y acelerómetros. Así podremos saber cual es la distancia máxima recorrida, el tiempo invertido, las profundidades de buceo, la temperatura del agua y el gasto energético asociado al tiempo que han estado en el mar. También nos permitirá saber los recambios que hacen en el nido con la pareja, e incluso la actividad que haya podido tener en el nido defendiendo el nido de vecinos o skuas. El dispositivo se deja en el pingüino durante 5 días y al quinto día se recaptura para retirarlo y descargar los datos. Después de recargar el dispositivo y borrar los datos, queda listo para utilizarlo en otro individuo. El día de la retirada del aparato se procede también a la toma de muestras y extracción de sangre a partir de la cual sabremos desde la dieta que ha tenido el individuo, su estado de salud, y el coste de los viajes realizados en términos fisiológicos entre otras cosas.








El tiempo pasa en la pingüinera entre captura y captura, disfrutando del paisaje y sufriendo también los rigores antárticos, con sensaciones térmicas de -6 grados y una alta humedad, tratando en ocasiones de buscar el mayor reparo frente al viento. Una breve parada para comer algo de embutido, queso, pan y aprovechando las cercanías de la navidades algo de turrón y el trabajo continua.
Finalmente, llega el momento de volver al campamento. La vuelta es más costosa y el camino sobre algunas zonas de la playa con arena se hace algo largo, pero poco a poco vamos sobrepasando cada una de las puntas de roca que sobresalen hacia el mar y nos vamos acercando. Mas elefantes, alguna foca, petreles gigantes que crían en las cercanías, gaviotas y los chillidos de los charranes nos acompañan en el trayecto.



Llegar al campamento significa seguir con el trabajo, hay que procesar la sangre obtenida y congelar las muestras que serán analizadas a la vuelta a España.

Al terminar, nos espera la cena, es lo primero que comeremos caliente desde el desayuno. Afortunadamente no tenemos que cocinar, contamos con los guisos realizados en la base Juan Carlos I o previamente en el buque Sarmiento de Gamboa y que se han congelado y envasado al vacío. Asi que solo nos queda descongelarlo con ayuda de agua caliente, calentarlos y servirlos. Las lentejas, garbanzos o merluza son realmente celebradas como lo que son un gran manjar.

Se acerca pues el final del día, los de mucha humedad son los peores, el frío se cuela hasta los huesos y las capas de ropa van aumentando incluso dentro del igloo. Con suerte llegamos a tener 9 grados después de calentar la comida. Algo de sobremesa, y la mente puesta en el hueco confortable del saco de dormir, pero antes de llegar a él hay que atravesar los cero grados de la tienda. Ritual de desvestirse, no mucho pero si muy rápido.



Algo de lectura mientras el ruido de los elefantes sirve de arrullo, sin embargo parece que el viento no quiere perder su protagonismo y su rugir llega algunas veces con furia. Poco a poco, el cansancio se adueña de la mente, y a esperar la aventura del nuevo día. Con suerte tendremos dos grados al levantarnos.

Andrés Barbosa
Caminando entre pinguinos

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