martes, 7 de abril de 2020

ANTÁRTICA: Las Huellas de la Selva Tropical en la Antártida Apuntan a un Mundo Prehistórico Más Cálido

Reconstrucción de la selva templada templada turónica-santoniana de la Antártida occidental. La pintura se basa en información paleofloral y ambiental inferida de datos de biomarcadores palinológicos, geoquímicos, sedimentológicos y orgánicos obtenidos de los núcleos 9R y 10R en el sitio PS104_20-2. T Fuente: Alfred-Wegener-Institut / J. McKay / CC BY 4.0

Los investigadores han encontrado evidencia de selvas tropicales cerca del Polo Sur hace 90 millones de años, lo que sugiere que el clima era excepcionalmente cálido en ese momento.
Un equipo del Reino Unido y Alemania descubrió suelos forestales del período Cretácico a menos de 900 km del Polo Sur. Su análisis de las raíces preservadas, el polen y las esporas muestra que el mundo en ese momento era mucho más cálido de lo que se pensaba.
El descubrimiento y el análisis fueron llevados a cabo por un equipo internacional de investigadores dirigido por geocientíficos del Centro Helmholtz de Investigación Polar y Marina del Instituto Alfred Wegener en Alemania e incluidos investigadores del Imperial College London. Sus hallazgos se publican hoy en Nature.
La coautora, la profesora Tina van de Flierdt, del Departamento de Ciencias de la Tierra e Ingeniería de Imperial, dijo:
"La preservación de este bosque de 90 millones de años es excepcional, pero aún más sorprendente es el mundo que revela. Incluso durante meses de oscuridad, las selvas tropicales templadas y pantanosas pudieron crecer cerca del Polo Sur, revelando un clima aún más cálido de lo que esperábamos ".
El trabajo también sugiere que los niveles de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera fueron más altos de lo esperado durante el período Cretácico medio, hace 115-80 millones de años, desafiando los modelos climáticos del período.
El Cretácico medio fue el apogeo de los dinosaurios, pero también fue el período más cálido en los últimos 140 millones de años, con temperaturas en los trópicos de hasta 35 grados centígrados y el nivel del mar 170 metros más alto que hoy.
Sin embargo, poco se sabía sobre el medio ambiente al sur del Círculo Antártico en este momento. Ahora, los investigadores han descubierto evidencia de una selva tropical templada en la región, como la que se encontraría hoy en Nueva Zelanda. Esto fue a pesar de una noche polar de cuatro meses, lo que significa que durante un tercio de cada año no había luz solar que diera vida.
La presencia del bosque sugiere que las temperaturas promedio fueron de alrededor de 12 grados centígrados y que era poco probable que hubiera una capa de hielo en el Polo Sur en ese momento.

Condiciones para una selva tropical antártica

La evidencia del bosque antártico proviene de un núcleo de sedimentos perforados en el lecho marino cerca de los glaciares Pine Island y Thwaites en la Antártida Occidental. Una sección del núcleo, que originalmente se habría depositado en tierra, llamó la atención de los investigadores con su extraño color.
El equipo escaneó CT la sección del núcleo y descubrió una densa red de raíces fósiles, que estaba tan bien conservada que podían distinguir las estructuras celulares individuales. La muestra también contenía innumerables rastros de polen y esporas de las plantas, incluidos los primeros restos de plantas con flores que se hayan encontrado en estas altas latitudes antárticas.
Para reconstruir el entorno de este bosque preservado, el equipo evaluó las condiciones climáticas en las que viven los descendientes modernos de las plantas, así como analizó los indicadores de temperatura y precipitación dentro de la muestra.
Descubrieron que la temperatura media anual del aire era de alrededor de 12 grados centígrados; aproximadamente dos grados más cálidos que la temperatura media en Alemania hoy. Las temperaturas medias de verano fueron de alrededor de 19 grados centígrados; las temperaturas del agua en los ríos y pantanos alcanzaron hasta 20 grados; y la cantidad e intensidad de lluvia en la Antártida Occidental fueron similares a las de la actual Gales.
La profesora Tina van de Flierdt y el Dr. Johann Klages trabajan en la muestra de suelo antiguo. (Crédito: T. Ronge, Alfred-Wegener-Institut)
La profesora Tina van de Flierdt y el Dr. Johann Klages trabajan en la muestra de suelo antiguo. (Crédito: T. Ronge, Alfred-Wegener-Institut)

Para obtener estas condiciones, los investigadores concluyen que hace 90 millones de años el continente antártico estaba cubierto de vegetación densa, no había masas de hielo terrestre en la escala de una capa de hielo en la región del Polo Sur, y la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera fue mucho mayor de lo que se suponía anteriormente para el cretáceo.
El autor principal, el Dr. Johann Klages, del Centro Helmholtz de Investigación Polar y Marina del Instituto Alfred Wegener, dijo: "Antes de nuestro estudio, la suposición general era que la concentración global de dióxido de carbono en el Cretácico era de aproximadamente 1000 ppm. Pero en nuestro modelo experimentos, se necesitaron niveles de concentración de 1120 a 1680 ppm para alcanzar las temperaturas promedio en ese entonces en la Antártida".
Imagen de portada: Reconstrucción de la selva templada templada turónica-santoniana de la Antártida occidental. La pintura se basa en información paleofloral y ambiental inferida de datos de biomarcadores palinológicos, geoquímicos, sedimentológicos y orgánicos obtenidos de los núcleos 9R y 10R en el sitio PS104_20-2. T Fuente: Alfred-Wegener-Institut / J. McKay / CC BY 4.0
El artículo, originalmente titulado "Los rastros de la antigua selva tropical en la Antártida apuntan a un mundo prehistórico más cálido", fue publicado originalmente en Science Daily.
Fuente: Imperial College London. "Las huellas de la antigua selva tropical en la Antártida apuntan a un mundo prehistórico más cálido". Ciencia diaria. ScienceDaily, 1 de abril de www.sciencedaily.com/releases/2020/04/200401130825.htm

RefErencias

Johann P. Klages, Ulrich Salzmann, Torsten Bickert, Claus-Dieter Hillenbrand, Karsten Gohl, Gerhard Kuhn, Steven M. Bohaty, Jürgen Titschack, Juliane Müller, Thomas Frederichs, Thorsten Bauersachs, Werner Ehrmann, Tina van de Flierdt, Patric Simões Pereira, Robert D. Larter, Gerrit Lohmann, Igor Niezgodzki, Gabriele Uenzelmann-Neben, Maximilian Zundel, Cornelia Spiegel, Chris Mark, David Chew, Jane E. Francis, Gernot Nehrke, Florian Schwarz, James A. Smith, Tim Freudenthal, Oliver Esper, Heiko Pälike, Thomas A. Ronge, Ricarda Dziadek. Temperate rainforests near the South Pole during peak Cretaceous warmth. Nature, 2020; 580 (7801): 81 DOI: 10.1038/s41586-020-2148-5

Ancient Origins

viernes, 3 de abril de 2020

Pasó de estar incomunicado en la Antártida a un mundo paralizado por la pandemia

Instagram (@pedromcbride)

"Me sentí como el último hombre del mundo". Literalmente, porque cruzó toda América a contrarreloj y en silencio. Hasta cogió un vuelo siendo el único pasajero

Solo se hablaba de coronavirus en China cuando Pete McBride, fotógrafo estadounidense de National Geographic, cogió un barco dirección a las Islas Malvinas. Era la primera parada de su viaje a la Antártida, en el cual iba a convivir durante semanas con 200.000 pingüinos, para retratar su estilo de vida. Iba a seguir los pasos de Ernest Shackleton, uno de los primeros exploradores del continente, una ruta difícil y durante la cual iba a estar incomunicado del mundo exterior. "Pensaba que el pico de contagios se daría mientras tanto y que cuando volviéramos ya habría pasado todo", cuenta en un artículo.
Sin embargo, cuando volvió a llegar a puerto, le dijeron, para su incredulidad, que suerte que habían llegado a tiempo porque empezaba una carrera a contrarreloj: el coronavirus se había escampado por todo el mundo y había llegado hasta Latinoamérica. Empezaba el confinamiento y estaban cerrando fronteras y puertos por el miedo a que el COVID-19 llegase a sus fronteras, así que tenían que ir rápido si quería llegar a su casa, en Basalt (Colorado, EE.UU.). "Pensé en la ironía de uno de los principales retos de Shackleton fuese el aislamiento y ahora todos los países del mundo lo estuviéramos buscando".
McBride no se imaginaba lo grande que era la pandemia. De hecho, no se lo creía hasta que salió del continente helado. Abandonó el mundo con noticias sobre un misterioso virus y llegó con un capitán de barco histérico porque "tendrían que hacer una ruta demasiado larga", ya que los puertos antárticos argentinos y chilenos estaban inoperativos: ambos países habían cerrado los puertos para evitar el virus. Por suerte para él, las Malvinas, controladas por Reino Unido, todavía no habían cesado los puertos, así que lo dejarían ahí y cogería varios vuelos comerciales hasta su casa.
La ruta no iba a ser rápida, tampoco. Tenía que viajar desde las Malvinas hasta hasta Sao Paulo, luego a Chicago y, finalmente, otro vuelo hasta Basalt. En cuanto llegó al aeropuerto se dio cuenta de la magnitud del virus: estaba vacío y se topó con "una fiebre de mascarillas y personas limpiándose las manos de forma casi enfermiza". Él no iba preparado y sintió que estaba en medio del fin del mundo, ya que no había visto la evolución del virus, simplemente se topó con toda la histeria.
Los vuelos hacia Brasil y Chicago parecían una olla de paranoicos que huían hacia sus hogares en pleno brote zombi, mirando a sus compañeros de vuelo como si fuesen bombas bacteriológicas. Él no daba crédito a cómo podía haber cambiado tan de golpe toda la psicología humana, que ahora solo tenía una preocupación: protegerse de aquellos que los iban a contagiar. 
Estaba esperando en Chicago para coger su último vuelo hacia Basalt. En cuanto lo llamaron para embarcar, no tuvo que hacer cola. Llegó al mostrador y le dijeron: "eres el único pasajero. Disfruta". Se quedó de piedra, se sentía como el último hombre de la humanidad. Una vez a bordo, los azafatos, que tenían que coger el vuelo estuviera ocupado o no por exigencias de la compañía, le dijeron que hiciera lo que quisiera: "puedes ir a primera clase si quieres", le recomendaron. "Me dieron snacks infinitos, juguetes para niños y nos tomamos selfies", recuerda en el artículo. 
Tras ese loco viaje, sintiéndose el superviviente de la masacre de media humanidad, llegó a su ciudad. Y la sensación de estar solo en el mundo se reforzó todavía más. "Cuando me fui de mi hogar, el mundo estaba ocupado con su prisa habitual. Estaba muy contento porque tenía ganas de la tranquilidad antártica", recuerda. Había negocios abiertos, niños jugando en la calle, música, televisores, ruido, coches... Cuando llegó, la ciudad estaba vacía. Las personas hacían la compra rápido, había pocos coches, no se cruzó con niños por las calles, y los parques eran lugares de paso para pasear al perro. "Volví a un mundo diferente, uno silenciado por el COVID-19. Mientras caminaba por Basalt, lo único que escuchaba era el eco de la colonia de pingüinos en mi cabeza". 
"Como todos, en cuanto me establecí en Basalt, hice la cuarentena y la distancia social, hablando por FaceTiming con mi familia y amigos. Al final, con ellos charlé más sobre el pánico y el desconocimiento actual que sobre mi viaje". Le dio la sensación que qué iba a contarles sobre exploración y descubrimiento de un mundo nuevo cuando ellos, precisamente, estaban enfrentándose a una situación totalmente desconocida y, encima, en sus propios hogares. "Todos estábamos, a nuestra manera, explorando nuevos territorios y redescubriendo un sonido olvidado: silencio", concluye.
Código Nuevo

Antártida. Viaje al ecosistema de la aventura polar



El autor recoge en esta publicación la historia de la exploración del continente blanco, plagada de fracasos y de éxitos, de gloria y de olvido, y nos narra también su propia aventura.
En este libro está toda la Antártida, desde los exploradores más famosos (Amundsen, Scott, Shackleton...) hasta las expediciones españolas actuales.
Con numerosas fotografías, muchas inéditas.  En 1986 el autor embarcó como único periodista en la primera expedición científico-pesquera española a la Antártida, aventura que abriría a España las puertas del Tratado Antártico.
Treinta años después, Valentín Carrera regresa a bordo de los buques Sarmiento de Gamboa y Hespérides, con la XXX expedición auspiciada por el Comité Polar Español.
Habiendo navegado más de cuarenta mil kilómetros, y habiendo cruzado diez veces el Paso Drake, Valentín Carrera desnuda el relato emociona, ‘la cara oculta de la gesta antártica’, engarzada en la crónica de una travesía personal impulsada por el Viento Optimista o Viento Shackleton. 
Antártida. Viaje al ecosistema de la aventura polar es un libro global: un viaje en compañía de los grandes exploradores del Polo Sur, desgranando doscientos años de historia, pero también un viaje emocional, un relato de divulgación científica, y un alegato ecologista contra el calentamiento global y el cambio climático. 
En las 460 páginas de este libro-iceberg, Valentín Carrera reconstruye y documenta minuciosamente las vidas al límite de los argonautas del sur: Cook, Ross, Gerlache, Scott, Amundsen, Shackleton, Mawson, Wild o Hurley, entre otros, a través de sus bitácoras, libros de viajes, memorias, informes científicos, fotografías y filmaciones. 
El libro incluye numerosos mapas, el itinerario detallado de la XXX Expedición Científica Española 2016/17, una completa bibliografía de la gesta polar, con especial atención a los relatos y memorias de los grandes exploradores; y una imagen insólita y novedosa: la Antártida desnuda.
‘Antártida. Viaje al ecosistema de la aventura polar’. Autor: Valentín Carrera. I.S.B.N. número: 97-884-120-558-94. Editorial: Ediciones del Viento. Fecha de la edición: 2020. Lugar de la edición: La Coruña. Número de la edición: primera. Encuadernación: rústica con solapa. Dimensiones: 16,5 cm x 24 cm. Número de páginas: 464. Idioma: español. Precio de venta:  25,00 euros.

Expreso

jueves, 2 de abril de 2020

La Patagonia chilena, cuna de los misterios del planeta







Cerro Guido (Chile) 1 de abril (EFE/EPA).- (Imagen: Felipe Trueba) Un valle en el extremo sur de Chile, apodado la "Piedra de Rosetta" de la paleontología en el hemisferio sur, está proporcionando a un equipo internacional de investigadores nuevos hallazgos de fósiles bien conservados de vertebrados, invertebrados y plantas del período Cretácico que podrían ser la clave para descubrir los secretos de la vida y el planeta al final de la era de los dinosaurios.

ANTÁRTICA: Hallazgo científico: detectan presencia de choritos en la Península Antártica

Un nuevo estudio, encabezado por la genetista chilena Dra. Leyla Cárdenas, reveló que la afluencia de barcos, el inusual aumento en la temperatura del océano y la capacidad fisiológica de la especie, podrían proporcionar una “ventana de invasión”. La investigación fue publicada en la revista Scientific Reports.
Andrea Navarro, Centro IDEAL. Cuando la bióloga marina Paulina Bruning buceaba en las gélidas aguas de Bahía Fildes, Península Antártica, desconocía que las esponjas que había recolectado aquella tarde de verano traían consigo algo que no había sido registrado antes en el continente blanco. Sin embargo, al momento de analizar las muestras bajo el microscopio, se percató de que lo que había encontrado era significativo.

Los mejillones fueron hallados en Bahía Fildes, lugar donde se encuentra la Base Escudero del Instituto Antártico Chileno (INACH)
Foto Ricardo Giesecke

Un estudio publicado en la prestigiosa revista científica Scientific Reports (Nature Publishing Group), y encabezado por la genetista chilena del Centro de Investigación Dinámica de Ecosistemas Marinos de Altas Latitudes (IDEAL) de la Universidad Austral de Chile (UACh), Dra. Leyla Cárdenas, reveló cuán importante fue ese hallazgo. Tras una serie de análisis en laboratorio, se confirmó la presencia de Mytilus cf. platensis –comúnmente conocido como mejillón o chorito– en el Océano Austral.
Las posibilidades de encontrar especies no nativas en la Antártica existían. Una reciente investigación realizada por un grupo de científicos ingleses dio a conocer un listado de 13 especies con altas probabilidades de invadir la zona más septentrional del continente blanco. Aquella lista era encabezada por los choritos, considerados un importante recurso comercial para Chile. Sin embargo, hasta la fecha, ningún grupo de investigación había logrado encontrarlos.
Usando herramientas genéticas de vanguardia, como marcadores mitocondriales y nucleares, la Dra. Cárdenas y un equipo multidisciplinario de expertos de la Universidad de Lával (Canadá) y del William College (Estados Unidos), realizaron una identificación en base a secuencias de ADN. Tras ello, clasificaron los organismos en el grupo de los mitílidos. Posteriormente utilizaron una base de datos mundial para determinar cuál era la asociación geográfica de las muestras que provenían de la Antártica.
“Este no fue un hallazgo casual. Es el resultado de un trabajo sistemático de monitoreo, observación y evaluación de biodiversidad que estamos realizando desde hace más de cuatro años. Los choritos que han llegado a la Antártica requieren la interacción con el ambiente y la protección del sustrato. En estos momentos, ese refugio se lo están dando las esponjas marinas”, explica la Dra. Cárdenas.

Uno de los mecanismos más comunes que las especies invasoras marinas utilizan para arribar a otros lugares es  través de los barcos
Foto: Ignacio Garrido

Luego de diversos análisis, los investigadores determinaron que los individuos correspondían al mismo grupo genético de choritos que habita en la Patagonia (Chile y Argentina) e islas Kerguelen, ubicadas en el Océano Índico. Pese a ello, los ejemplares hallados no tienen la misma densidad ni abundancia, puesto que en el continente blanco necesitan asociación con otros organismos para sobrevivir y por ahora no se han encontrado evidencias de que sean capaces de reproducirse.
Ventana de invasión
Uno de los mecanismos más comunes que las especies invasoras marinas utilizan para arribar a otros lugares es a través de los barcos. La gran afluencia de este tipo de transporte es un potencial responsable de la llegada de especies exóticas. En general, se cree que pueden desplazarse por medio de agua de lastre o adherirse a los cascos.
Teniendo en cuenta este antecedente, los investigadores realizaron un cruce de información entre el registro oficial del flujo de buques que llega a la Península Antártica, los datos de temperatura en el Océano Austral y la capacidad fisiológica del chorito. Gracias a ello, descubrieron que se puede producir una “ventana de invasión”, que les permite sobrevivir y establecerse en las aguas del continente blanco.
“De acuerdo a nuestros registros, en la época estival ha habido un aumento inusual de temperatura, lo que coincide con la temporada de mayor afluencia de barcos, por lo que se abre una oportunidad para el ingreso de especies exóticas. Esto no significa que haya una población establecida. Encontramos solo individuos recién reclutados, sin embargo, todo proceso de invasión comienza con la introducción de individuos. Es algo que aún debemos estudiar”, asegura el ecólogo del Centro IDEAL y co-autor del estudio, Dr. Luis Miguel Pardo.

Los mejillones fueron encontrados asociados a esponjas marinas
Foto: Paulina Bruning

¿Y el futuro?
El trabajo científico da cuenta de que los choritos encontrados están fuera de su rango geográfico histórico. Sin embargo, es necesario continuar las investigaciones con el objetivo de determinar si estos organismos se volverán abundantes y dominantes en los ecosistemas marinos antárticos.
El aumento de temperaturas generado por el cambio climático, podría abrir una puerta y generar poblaciones locales de especies exóticas si estas llegan a ser capaces de reproducirse.
Leer artículo científico aquí.

Centro Ideal


500 años de la llegada a Patagonia y del motín contra Magallanes

Sevilla, 31 mar (EFE).- La flota de la primera vuelta al mundo llegó hace hoy 500 años a la Patagonia, donde se produjo un motín contra el capitán general, Fernando Magallanes, que condenó a muerte a 44 de sus participantes, entre ellos Elcano, aunque finalmente "solo" mató y descuartizó a dos y abandonó a otros dos, entre ellos a un sacerdote.
Los cinco barcos de la flota fondearon cinco meses en el puerto de San Julián, localidad patagónica donde existe una réplica de la nao Victoria, la primera embarcación que completó la vuelta al mundo, y la decisión de permanecer en la zona contó con una fuerte oposición de gran parte de los mandos y de parte de la tripulación.
Cuando fondean para invernar en San Julián, que está apenas a 290 kilómetros del famoso estrecho que comunica el Atlántico y el Pacífico, entonces aún inédito, Magallanes "cuenta por fin a los demás capitanes su plan para llegar a la Especiería por el lado del mundo desconocido", explica el especialista en la primera vuelta al mundo Tomás Mazón.
La llegada al puerto de San Julián se produce siete meses después de que la expedición saliera de Sevilla con cinco barcos y 267 hombres, una cifra que baila en función de las fuentes históricas usadas.
La decisión de pasar allí el invierno es la gota que colma el vaso de varios de los capitanes, que se amotinan contra Magallanes, quien logró hacerse con el mando y dominar la situación, tras lo cual condenó a muerte a 44 de ellos, aunque a cuarenta perdona porque les hace falta para gobernar los barcos, según la versión más extendida de lo ocurrido.
Sin embargo, Ginés de Mafra, el piloto de uno de los barcos, la Trinidad, afirma que no se consuma la ejecución de todos los amotinados, entre ellos Juan Sebastián Elcano, que culmina en 1522 la primera vuelta al mundo, porque esa "crueldad no consintió la demás gente de la armada".
Como consecuencia del motín, su cabecilla, el capitán del barco San Antonio y veedor general de la flota, Juan de Cartagena, fue abandonado junto al clérigo Pedro Sánchez de la Reina en una isla de la zona.
Magallanes "no se atrevió a quitarle la vida" a Cartagena "porque había sido nombrado capitán por el mismo emperador", relata el cronista de a bordo, Antonio Pigafetta, quien recuerda que en esa zona levantaron una cruz en una montaña cercana que llamaron Monte de Cristo "y tomamos posesión de esta tierra en nombre del rey de España".
El capitán de la Victoria, Luis Mendoza, ya cadáver tras ser apuñalado en el motín, fue descuartizado, lo mismo que ordenó Magallanes con el capitán de la Concepción, Gaspar de Quesada, y con el contador de la expedición, Antonio de Coca, según explica el capitán de navío e historiador José María Blanco Núñez en su libro sobre la primera vuelta al mundo.
Tras esas ejecuciones, ya no hubo más motines en la armada de la Especiería, recuerdan los historiadores.
En el puerto de fondeo, la armada tuvo contacto con los habitantes de la zona, que son "gigantes", según Pigafetta, quien los define como "muy glotones; los dos que cogimos se comían cada uno un cesto de bizcocho por día, y se bebían medio cubo de agua de un trago; devoraban las ratas crudas, sin desollarlas. Nuestro capitán llamó a estos pueblos patagones", explica el cronista.
Una vez retomada la navegación tras pasar el invierno en la Patagonia y el naufragio de una de las naves que reconocía la zona, la Santiago, que se saldó sin víctimas, los otros cuatro barcos casi naufragan antes de llegar al Estrecho de Magallanes.
Allí, la embarcación San Antonio, la de mayor capacidad de almacenamiento de alimentos, deserta y regresa a España, "lo que constituirá un duro golpe para los que continuaron la circunnavegación", indica Blanco Núñez. EFE
La Vanguardia

miércoles, 1 de abril de 2020

PATAGONIA: Acostumbradas a la soledad, ciudades aisladas en Patagonia temen la quiebra

Viven aislados desde hace años en localidades de la Patagonia, en el
sur de Argentina. No tienen miedo a la soledad pero temen que
el nuevo coronavirus arrase con la economía de esa zona
dependiente del turismo y del petróleo.
Del lado de la Cordillera de los Andes, han pasado grandes nevadas
que los han dejado sin luz ni comunicación durante meses. Del otro,
a orillas del océano Atlántico, han sido golpeados por lluvias despiadadas
que bloquearon todos los accesos.
Están acostumbrados al aislamiento y a tener un solo hospital
a varios kilómetros de distancia, pero sufren los estragos de la
pandemia en una región de Argentina que, según analistas,
quedará muy golpeada por su dependencia del turismo y del petróleo,
dos de los sectores más afectados por la crisis de COVID-19.
- Astrid Perkins -
Bahía Bustamante, en la provincia petrolera de Chubut, está en el
margen norte del golfo de San Jorge, un accidente costero del Océano
Atlántico. Es una zona rica por su biodiversidad y sus playas de mar
azul intenso y arena blanca, rodeadas de grandes formaciones rocosas.
Allí en un campo "completamente autosustentable", y en medio de la
nada, vive Astrid Perkins junto a su marido. Solos, completamente
aislados.
"La ciudad más cercana está a 180 km", cuenta Astrid al referirse a
Comodoro Rivadavia, de más de 230.000 habitantes, declarada en
emergencia sanitaria.
"Nosotros hace poco más de dos semanas cerramos completamente
el ingreso al campo, nos mantenemos comunicados con el exterior a
través de la radio y con el wifi que durante unas horas tenemos
por energía solar".
"Aquí la vida continúa como de costumbre pero estamos mucho más
atentos a generar alimentos para varios meses, entre el mar y
la huerta biodinámica".
"Nos consideramos afortunados de poder cumplir cuarentena en un
lugar tan amplio, tan lleno de recursos y tan bello como éste.
Donde me detengo a mirar, tengo 360 grados de naturaleza pura,
no necesito nada más".
Ya pasaron por otros momentos de aislamiento cuando en años
anteriores intensas lluvias transformaron los accesos en auténticos
ríos.
Sin embargo, la pandemia le provoca mucha "incertidumbre,
mucha preocupación" por la economía de la provincia sumida
en una fuerte recesión que se arrastra desde hace años y parece
no tener fin.
Esta provincia "está quebrada, hay una grave crisis sanitaria", afirma.
Aquí, "hay campos laneros y el mercado de la lana se fue al tacho,
hacemos algo de turismo y el turismo se cerró", cuenta.
"Ya el problema económico es inmenso y se le suma esto".
- Martín Díaz -
Martín Díaz vive en El Chaltén desde antes de 1985, cuando el pueblo
se fundó.
Ubicado en la Provincia de Santa Cruz, en el sur de la Cordillera de
los Andes, este pueblo es uno de los más jóvenes de la Patagonia.
Díaz nació en el campo cerca de allí y es una figura clave en el pueblo
de 1.400 habitantes, recomendado por guías turísticos como uno de
los mejores sitios a visitar en el país sudamericano.
Con vistas al imponente cordón montañoso del Fitz Roy, la localidad
vive del turismo. Díaz tiene dos hostales.
"Este año teníamos todo reservado, pero todo fue cancelado por
este virus", se lamenta.
- Silvia Rojas -
De 58 años, Silvia Rojas nació en Buenos Aires. Pero a los 47
años quiso un cambio de vida radical y se mudó junto a su marido
al paraje de Mallín Ahogado, una zona rural de 4.000 habitantes
desperdigados en unas 30.000 hectáreas en el extremo suroeste
de la provincia de Río Negro (sur).
Lo más cercano para hacer compras es El Bolsón, una ciudad
de 19.000 habitantes enclavada en un valle de la Cordillera
de los Andes, rodeado de montañas, a 20 km de allí.
"El aislamiento no afectó nuestra vida cotidiana. No hay
mayores cambios, vamos al pueblo una vez a la semana
a comprar para nosotros y para los vecinos", cuenta.
"El hecho de vivir aislado te obliga a articular una organización
entre vecinos".
Silvia ama este lugar de espacio sin límites, naturaleza
en estado puro, enmarcado por la Cordillera con ríos, lagos y
bosques nativos. Pero ha debido atravesar varias situaciones
de aislamiento total debido a las intensas nevadas que golpearon
la zona durante los inviernos pasados.
"Nos hemos quedado sin luz, completamente incomunicados".
En la Patagonia se acostumbró a vivir con poco y "resolver con lo
que hay".
Sin embargo, este aislamiento es "emocionalmente diferente".
Sus tres hijos y su madre de 90 años están en Buenos Aires,
también aislados.
INFOBAE