jueves, 12 de diciembre de 2024

EFEMÉRIDES MAGALLÁNICAS: segunda parte de Joseph Emperaire. Libro "Los nómades del mar"


En esta segunda parte del post sobre Joseph Emperaire, les entrego algunos antecedentes de la obra escrita por Joseph Emperaire titulada "Los nómadas del mar", que es un estudio antropológico, histórico y geográfico, producto de dos años de convivencia del autor con los indios canoeros.

Empareire en la introducción nos dice:
LA AMÉRICA DEL SUR alberga todavía varios grupos humanos, en vías de rápida extinción, que no dejaran otra huella en la historia de la humanidad que algunos estudios fragmentarios y algunos episodios curiosos contenidos en los relatos de los viajeros y de los navegantes de los mares australes. Pero su vida real, con sus resonancias afectivas, tal, si la presencia más o menos perturbadora de un investigador insólito, escapa casi siempre a los hombres blancos. Entre los pueblos del Extremo Sur de algunos, como los indios chonos, han desaparecido completamente desde hace cerca de un siglo. Nadie notó su desaparición y ningún documento utilizable fue recogido de ellos. Los sobrevivientes de otros grupos, como los onas y los yaganes, se han incorporado ahora a las poblaciones blancas instaladas en sus territorios*. Otros, como los últimos indios alacalufes, confinados al mundo hostil de los archipiélagos de la Patagonia occidental, han entrado más recientemente por los caminos rápidos y paralelos de la asimilación y de la desaparición. Son esos indios alacalufes los que constituyen el tema de este estudio. Ciertamente, si recogiéramos todo lo que ha sido escrito sobre ellos desde los primeros sucesores, nos hallaríamos frente a una suma relativamente importante de documentos de valor muy desigual: relaciones anecdóticas, encuentros episódicos mencionados en los diarios de navegación, ensayos muy incompletos de síntesis, etc. A menudo la recopilación está cerca de la información directa, pero ninguno de estos testimonios constituye un estudio sistemático ni se apoya sobre una experiencia directa y de larga duración de este grupo humano, que, desde hace medio siglo, sobrevive desparramándose en una región aún mal conocida, una de las más desiertas y desoladas del mundo. Apenas terminada la guerra, el doctor Robin y yo, volviendo a tomar un antiguo proyecto, quisimos emprender un estudio completo de este grupo fueguino constituido por los alacalufes. Queríamos realizar una manografía minuciosa de su vida real considerada en todos sus aspectos, técnicos-materiales, vida social, psicológica y religiosa. Nuestros medios eran limitados, pero decidimos pasar en compañía de los alacalufes todo el tiempo que fuera necesario para llegar a ser uno de ellos. En ese mundo lejano de los archipiélagos, la noción del tiempo se borra, por lo demás, bien pronto..... El proyecto y el programa de esta misión fueron presentados al doctor Ribet, que los aprobó y estimuló. El Centro Nacional de Investigaciones Científicas nos concedió los fondos necesarios y pudimos así partir de Francia hacia América del Sur en el primer barco que reanudo los viajes normales después de una interrupción de varios años. Tras una corta estancia en Buenos Aires, llegamos a Santiago de Chile a mediados de enero de 1946. Tomamos allí contacto con las autoridades universitarias y administrativas chilenas que nos ayudaron a completar nuestra documentación sobre el estado actual y la situación de los diversos grupos indígenas de los archipiélagos. Gracias a la bondad del Ministro de Defensa, pudimos dirigirnos con la mayor rapidez a Punta Arenas, en el Estrecho de Magallanes. El objetivo final de nuestro viaje era Puerto Edén, en la costa este de la isla Wellington. Allí vivían algunas familias de alacalufes, agrupadas al lado de un punto militar que debió servir de escala a una línea de hidroaviones destinada a unir Valparaíso con Punta Arenas. Después de un ensayo desgraciado, se abandonó este proyecto, pero el puesto militar subsistía a cargo de un sargento y la bahía continuaba como siempre sirviendo de refugio ocasional a los buques que seguía la ruta de los archipiélagos.

A fines de marzo, un barco de una compañía chilena de navegación nos desembarcó en plena noche en el puesto militar de la Isla Wellington. Era sobrecogedora la impresión de encontrarse bruscamente lanzado entre los últimos fueguinos, en el centro de esa gigantesca estela de archipiélagos desiertos, estirados a lo largo de doce grados de latitud entre la Cordillera Austral y el Pacifico, que fuera en otro tiempo el dominio de los nómades del mar. No había entonces en Puerto Edén sino cuatro chozas cuyos habitantes nos acogieron con sus rostros herméticos. Los otros, que eran poco más de cien en total, giraban en torno del Faro de San Pedro, noventa millas más al Norte. Poco a poco vinieron a instalarse unos tras otros en torno nuestro y los más se radicaron definitivamente en las playas pantanosas de la bahía. Pronto este mundo dislocado que se extiende desde la Isla de Chiloe hasta el Cabo de Hornos, y el fragmento de humanidad que lo habita, iban a vivir para nosotros con toda su fuerza y todo su atractivo. Se trataba ahora de conocer este espacio y aquellos hombres, fuera del tiempo y fuera del mundo. Pasamos allá lejos veintidós meses en que tratamos de integrarnos de una manera autentica y profunda a las formas todavía vivientes de la vida étnica de los alacalufes y de encontrar en su memoria tradiciones y técnicas en vísperas de desaparecer junto a esa humanidad que ellas no animan ya. Después de una larga estancia en esos archipiélagos, volvimos a Punta Arenas. Desde allí, en el curso de numerosos reconocimientos en las regiones vecinas al Estrecho y en la parte oriental de la Tierra del Fuego, tratamos de delimitar la antigua área de extensión del pueblo alacalufe. Este trabajo nos ocupó cuatro meses y necesitamos otros cuatro para consultar en los archivos y museos de Chile los documentos más antiguos sobre los pueblos del extremo Sur. Estuvimos de vuelta en Francia en septiembre de 1948. Este libro es el resultado de dos años de presencia y de vida cotidiana con una minoría humana, aislada, miserable, y condenada, a la que pronto nos unieron vínculos afectivos, durables y profundos. Nos proponemos exponer de la manera más objetiva posible la vida de ese grupo, buscando al hombre total y no sólo algunos de sus aspectos exóticos y pintorescos, los únicos que es posible conocer desde fuera. No tenemos otras referencias de objetividad que las que se traducen en contar sin retórica lo que hemos observado, sin prejuicios ni sistemas preconcebidos. Este libro no trata de defender ninguna tesis. Nos esforzaremos sólo por presentar lo esencial de los documentos recogidos. Todos los que se remontan a la época actual son, salvo mención contraria, fruto de experiencias personales. En lo que se refiere a las consideraciones históricas, ellas provienen de la literatura clásica sobre el tema o de documentos, entre ellos algunos escasos o inéditos, que fueron consultados en los archivos de Santiago.

Como disponíamos de mucho tiempo, pudimos dejar deliberadamente de lado el método  de  los  cuestionarios  y  encuestas  y  utilizar  un  método  más  largo  con  menores  riesgos  de  error.  Las reacciones del indio son lentas y diferentes de las nuestras.  Es, por eso, de rigor no precipitarlo, saber esperar y volver al asalto, y no recoger como válidos sino sus testimonios espontáneos.  Cuando practicamos el interrogatorio, sus resultados fueron desastrosos y nos llevaron a los peores absurdos.  Aún en su forma, las preguntas del etnólogo   no   corresponden   a   las   categorías   mentales   del   indio.   Algunos   ejemplos   demuestran los errores a que puede conducir este método, y cuando las preguntas son más sutiles, los errores son aún más lamentables.  No hay que imaginar que a fuerza de preguntas se pueda reconstituir el pasado próximo. En este dominio, sobre todo, el método interrogativo es más esterilizador que fecundo y provoca la mentira, la simulación, el sí y el no indiferentemente aplicados a los mismos objetos.

Era necesario primero aprender la lengua alacalufe, cuyo vocabulario y cuya gramática  no  eran  completamente  desconocidos. 

Los alacalufes no conocen sino algunas palabras muy elementales de español y, en ausencia de todo intérprete, esta adquisición fue larga. Aun ahora, nos hallamos lejos de dominar perfectamente la lengua fueguina, llena de riquezas y sutilezas sorprendentes.  Conocemos, sin embargo, lo bastante como para escuchar una conversación e intervenir en la  sin  ser  un  elemento  perturbador.  Nos costó largo tiempo llegar a  esta  simple  etapa. 

Durante semanas, debimos contentarnos con coexistir en silencio. La verdadera toma de contacto se produjo en ocasión de una epidemia que casi exterminó a todo el campamento.  Tuvimos entonces la suerte de salvar a una parte   de   los   enfermos.   Cuando   la   epidemia   terminó, nos   habíamos   incorporado   definitivamente al grupo. 

En esta civilización tan simple como la de los alacalufes, las técnicas materiales se aprenden relativamente pronto.  Participando en una expedición de caza, ayudando a la fabricación de una canoa cavada en un tronco de árbol, mirando en la noche en la cabaña tallar un arpón  de  hueso  y  trenzar  un  canasto,  probando  uno  mismo  torpemente  entre  las  risas de los demás, se aprende muy rápido lo esencial. Y después viene lo importante. Es inevitable que en uno u otro momento  los  indios  hablen  de  su  pasado,  de  sus  tradiciones,  de los ritos que ya no están en uso. Tales conversaciones son más frecuentes de lo que se piensa.  El etnólogo tiene que aprovecharse de ellas.  Si participa por dentro  de  la  vida  del  grupo en el cual vive, si comparte su actividad en la más estrecha convivencia, no con una simple mascara de cordialidad, sino con la simpatía profunda nacida del contacto humano, percibirá bien pronto que las ocasiones de informarse sobre el pasado se le ofrecen a cada instante.  Aunque las informaciones recogidas sean incompletas, tendrán por lo menos el privilegio de la verdad.  Ellas constituirán, además, toda una documentación sobre la psicología del indio y sobre sus reacciones afectivas frente a la historia y al destino de su grupo.  Tales fueron en sus grandes líneas, los métodos de trabajo que nos sirvieron para dirigir nuestra investigación. No quisimos trabajar ni sobre documentos recopilados muchas veces ni sobre testimonios provocados, sino sobre la vida misma, con el mismo ritmo con que ella  se  desarrolla,  sobre  los  vestigios  aún  vivos  de  lo  que  fueron  las  actividades  materiales, psicológicas y religiosas de los indios de las canoas, de los nómades del sur. 

El programa de trabajo consultado constituía, en realidad una mamografía de los alacalufes. Pudimos realizarlo, por lo menos en sus líneas esenciales. Comenzamos por el estudio de los diferentes aspectos de la vida material de los alacalufes, en su estado actual y en lo que sobrevive de sus formas tradicionales.  Las transferencias y los problemas de transculturación técnica son sorprendentes y fáciles de estudiar en este dominio, pues los  contactos continuos  de  los  blancos  o  con  los  mestizos  de  Chiloé  no  datan sino  de  hace  treinta años y hay actualmente utilización simultánea de herramientas o productos de origen industrial y de técnicas primitivas que se remontan sin duda a varios milenios. 

Desde el punto de vista antropológico, todos los datos antropométricos de base fueron obtenidos sobre el conjunto de la población.  El estado sanitario de los indios y la apreciación de su morbilidad constituyeron también un elemento importante de nuestro trabajo.  Su estado sanitario actual es deficiente, a causa de una herencia patológica cargada. Los riesgos de contaminación son permanentes, pues, a causa de su declinación numérica, viven ahora agrupados.

Además, la vecindad de cazadores y pescadores chilotes igualmente nómades, desfavorable a la propagación de ciertas enfermedades   (sífilis,  tuberculosis).  Hemos observado muertes brutales e imprevistas entre seres jóvenes    que parecían hallarse en buena salud. Es siempre de temer que, a causa de las facilidades de contagio y de la fragilidad de los alacalufes, cualquiera epidemia produzca un día estragos masivos y esta vez, irreparables. 

Hemos establecido un inventario de la población indígena que ha vivido en los archipiélagos durante los últimos cincuenta o  sesenta  años,  pues  cada  uno  se  acordaba  fácilmente  de  sus  padres  y  abuelos,  de  sus  hijos  o  de  sus  hermanos  o  hermanas  desaparecidos.  Esta documentación genealógica ha permitido establecer que la rápida cadencia de mortalidad observada durante veintidós meses no era un hecho nuevo y que a debido seguir el mismo ritmo en un pasado reciente.  Hace cincuenta años, los alacalufes eran por lo menos un millar y tal vez mucho más. Las causas de su desaparición eran más o menos las mismas de hoy, pero su renovación se verificaba de una manera más regular.

Actualmente muchos jóvenes matrimonios son estériles y una importante proporción  de  niños  muere  a  temprana  edad.  Toda precisión estadística sobre el porvenir sigue siendo, pues, catastrófica. 

Hemos  podido  establecer  que  los  alacalufes,  cuando  llevaban  todavía  una  vida  étnica independiente, se extendían sobre una gran parte , del territorio del extremo sur: los vestigios arqueológicos son importantes en todo ese dominio, pero en el curso de la primera misión,  fueron  objeto  sólo  de  investigaciones  rápidas  a  causa  de  la  falta  de  tiempo  y  de  medios,  y  sobre  todo  para  no  violentar  la  suseptividad  de  los  indios  escarbando  en  sus  antiguos  campamentos  y  sepulturas.  La segunda  misión  se  preocupó  más  especialmente  de estos problemas de arqueología que serán el tema de una publicación separada. 

Más  importante  que  la  descripción  de  las  técnicas  materiales  de  los  alacalufes,  que  se llega a conocer muy pronto, pues son las de un grupo humano de los más atrasados de la  humanidad,  y  que  el  estudio  de  su  miseria  fisiológica,  es  el  testimonio,  el  testamento,  podríamos  decir,  de  la  vida  mental,  social  y  religiosa  de  esta  minoría  que  está  a  punto  de  perder  su  unidad  étnica  por  la  muerte  de  los  más  y  la  asimilación  definitiva  de  los  sobrevivientes.  Una era nueva se abrió bruscamente ante ellos, la de la  tentación  de  un  modo  de  vida  que  no  tiene  nada  de  común  con  sus  tradiciones  ancestrales.  Poco a poco, por los contactos con los barcos, el puesto  militar,  el  Faro  de  San  Pedro  o  los  cazadores  chilotes, bien miserables, pero a los que ellos consideran como seres superiores, se han ido sumergiendo en un mundo nuevo. Los de más edad tienen la clara conciencia de que todo aquello a lo cual podían sujetarse se ha derrumbado, y los más jóvenes están impacientes por abandonar la dura vida nómade que les pesa, pero ignoran que no llegarán  jamás  a  adaptarse.  De todas maneras, en ausencia de todo plan de conjunto, de educación o de reeducación, solo una ínfima minoría podrá tener acceso a esta vida nueva. 

A la pérdida de muchos elementos de su cultura material corresponde para los alacalufes la perdida de la mayoría de las tradiciones y manifestaciones de la vida religiosa.

No hemos podido recoger sino migajas de estas tradiciones, de estos cantos mítico, de estas creencias y han sido sobre todo el estudio del nuevo psiquismo que ellos han adquirido durante este  periodo  de  decadencia  lo  que  constituye  el documento  humano  al  cual atribuimos más valor.  El mismo ambiente hostil y desolado de la Patagonia Occidental ha conferido a sus habitantes   una   especial   personalidad.   Agregándose   a   este   hecho   geográfico, su   disminución numérica ha tenido por consecuencia su repliegue hacia un presente sin objetivos y un porvenir irremediablemente cerrado.  El grupo de los alacalufes sufre actualmente del complejo de las minorías. 

En 1946 eran poco más de un centenar en un inmenso escalonamiento de archipiélagos más o menos vacíos de seres humanos. En 1953 quedaban 61.  Contrariamente a sus hábitos nómades, tienden a agruparse de una manera estable y, hallando más fácil pedir que buscar, se degradan progresivamente a la condición de mendigos.  Pero ellos lo saben.  Comprenden su incapacidad y están heridos en su dignidad íntima, desalentada y medrosa. Cuando a bordo de los barcos de tránsito los miran con curiosidad festiva, su aparente impasibilidad no es sino una máscara que encubre sus verdaderos sentimientos. 

Nada de esto es nuevo, sin duda.  Y recuerda extrañamente el drama de la desaparición de otras minorías de la América del sur o de otras partes.  Los problemas relativos a la transculturación de los pueblos atrasados están a la orden del día.  Los pueblos colonizadores comienzan a adquirir conciencia de sus responsabilidades frente a estas desapariciones y tratan de remediarlas.  Pero para los alacalufes ya es tarde, demasiado tarde.  Cuando los programas sean elaborados, los últimos alacalufes habrán desaparecido. 


Corría la década de 1940 cuando el reputado antropólogo Joseph Emperaire arribó a la Patagonia austral. Encomendado por el Museo del Hombre de París, su misión consistía en llevar a cabo detenidos estudios etnológicos, antropológicos y arqueológicos de los olvidados pueblos aborígenes del extremo sur. Sus investigaciones, que se extendieron por más de una década, junto a su esposa y colega Annete Laming, dieron vida a trabajos que todavía siguen siendo de consulta obligada para quienes están familiarizados con la bibliografía magallánica. En la Patagonia confín del mundo y Prehistoria en la Patagonia son el mejor testimonio de un esfuerzo científico notable y de un compromiso humano que supera los límites impuestos por la disciplina. Los Nómades del Mar -obra aquí comentada- no podía escapar a esta tónica. Junto a la objetividad y la seriedad en la observación, es posible percibir un afecto profundo nacido de una íntima y prolongada convivencia con un pueblo que a mediados del siglo XX ya daba señales de una agonía irreversible: los alacalufes.

        La riqueza de este trabajo etnológico reside en la particular forma de aproximación que utilizó Emperaire para descubrir los misterios de este pueblo. Una larga convivencia con los "nómades del mar" durante sus sorprendentes recorridos por los canales del sur, confirmó la necesidad de prescindir del método científico clásico basado en cuestionarios y encuestas. Lo esencial era recoger sus testimonios espontáneos y ellos sólo aparecían después de largo tiempo de vida en común, lo que obligó al científico a entrar en comunicación con las categorías mentales de su objeto de estudio. El nuevo método -creado sobre la marcha- imponía como primer requisito aprender la lengua alacalufe e involucrarse con su cotidianeidad. El contacto directo en sus expediciones de caza, la observación, e incluso imitación, en la construcción de sus artefactos y la valoración de sus destrezas -en suma, el abandono del etnocentrismo- iban generando un vínculo que poco a poco entregaba sus primeros resultados: sin tener que forzar la situación, los indígenas comenzaba a hablar de su pasado, de sus tradiciones, de los ritos que habían caído en desuso. Pero el camino no fue tan lógico como aquí lo presentamos. Durante varias semanas, Emperaire se tuvo que limitar a coexistir prácticamente en silencio ante la imposibilidad de cruzar el umbral impuesto por el otro. Fue una desgracia la que le permitió ingresar definitivamente a la comunidad: con ocasión de una epidemia que casi exterminó a todo el campamento que estudiaba, nuestro antropólogo tuvo la suerte de poder salvar la vida de algunos enfermos. Desde ese instante pasó a formar parte del grupo.

        Los nómades del mar es, sin duda, uno de los trabajos de mayor enjundia y profundidad que se hayan escritos sobre los alacalufes. A pesar que presenta algunos datos erróneos o esboza juicios históricos discutibles, es una obra invaluable como testimonio de un grupo humano desaparecido.

        Este libro fue publicado originalmente en francés en 1955 bajo el cuidado de la Editorial Gallimard de París. Debido a su importancia, la Comisión Central de Publicaciones de la Universidad de Chile decidió traducirlo y para ello comisionó a Luis Oyarzún. La obra aparece finalmente en 1963, cinco años después de la trágica muerte de Emperaire, aplastado por un desmoronamiento en un terreno de excavaciones. Hoy, luego de treinta y nueve años de la primera edición en castellano, Lom Ediciones nos da la oportunidad de disfrutar de un precioso esfuerzo científico. Sinceramente se les agradece.

LOS NÓMADES DEL MAR. Joseph Emperaire. Lom Ediciones. Santiago, 2002.



El continente sudamericano es el hogar de varios grupos humanos en peligro de extinción. Los últimos indios alakaluf, confinados en el mundo hostil de los archipiélagos de la Patagonia occidental, han entrado recientemente en los rápidos y paralelos caminos de la asimilación y la desaparición. Son estos indios Alakaluf los que forman el objeto de este estudio. En una civilización tan simple como la de los Alakaluf, las técnicas materiales se aprenden con relativa rapidez. Al participar en una expedición de caza, ayudar a hacer una canoa excavada en el tronco de un árbol, observar, por la noche en la cabaña, tallar un arpón de hueso y tejer una canasta, aprende rápidamente lo esencial. Y entonces, sucede lo más importante. Es inevitable que en un momento u otro, los indios hablen de su pasado, de sus tradiciones, de ritos que ya no están en uso. Este libro es el resultado de dos años de presencia y cotidianidad con los indios Alakaluf. Estudia, de la manera más objetiva, la vida de esta etnia, buscando al hombre en su totalidad, y no algunos de sus aspectos exóticos y pintorescos, los únicos que se pueden conocer desde fuera. Representa mucho más que una simple monografía: es un estudio muy profundo, a la vez etnológico, histórico y geográfico.




 

EFEMÉRIDES MAGALLÁNICAS: En un día como hoy, pero del año 1958, fallece, trágicamente, el destacado arqueólogo Joseph Emperaire, quien realizó investigaciones en la Patagonia chilena


Sus aportes y la dispersión de los estudios sobre el pueblo canoero llevaron a su intención de rescatar un registro vivo de dicha cultura. Su obra destaca la importancia de los pueblos originarios.
Este la primera parte sobre Joseph Emperaire y se refiere a una nota escrita por Guy de Beauchêne en la Journal de la Société des américanistes que es una revista científica de prestigio internacional, fundada en 1895, que ha publicado, sin más interrupción que las debidas a las dos guerras mundiales, una suma insustituible de estudios franceses y extranjeros. Es una de las únicas revistas del mundo que se dedica a las sociedades y culturas amerindias consideradas en toda su historia, es decir, desde sus orígenes hasta la actualidad. La originalidad y riqueza de la revista radica en su apertura disciplinaria, que reúne la prehistoria, la arqueología, la etnología, la historia, la lingüística y la sociología.
En el tomo 48 del año 1959 aparece una necrología y de ahí destaco lo siguiente:
"El 12 de diciembre de 1958, despachos de la agencia anunciaron la muerte de un joven arqueólogo francés en la Patagonia. Pronto supimos que se trataba de José Emperaire y la noticia causó consternación en el Museo del Hombre donde trabajaba en el Departamento de América.
Algunos detalles recibidos más tarde revelaron las circunstancias del accidente: mientras excavaba solo en el sitio de Ponsonby en la isla Riesco, quedó enterrado bajo un deslizamiento de tierra. Su esposa, al no verlo regresar, fue a la excavación y logró despejarla con la ayuda de un trabajador. Lamentablemente ya era demasiado tarde y a pesar de la prontitud de la ayuda enviada desde Punta Arenas no había nada más que hacer.
Emperaire nació el 10 de marzo de 1912 en Semmons (Isère); Después de sus estudios, siguió cursos en el Instituto de Etnología y emprendió el camino de la investigación etnológica. Se incorporó al Centro Nacional de Investigaciones Científicas en 1949 y fue nombrado Oficial de Investigación en 1956.
A partir de 1945 participó en investigaciones prehistóricas en Francia y completó su formación en el Musée de l'Homme y en la Facultad de Lyon.
Encargado por el Museo del Hombre de una misión etnográfica en la Patagonia Occidental, recorrió los archipiélagos en un velero de siete metros, en compañía del Dr. Robin, realizando el estudio etnológico, lingüístico y antropológico de los últimos grupos supervivientes de fueguinos, en particular Alakaluf.
También realiza prospecciones iniciales y excavaciones en los yacimientos arqueológicos del Estrecho de Magallanes y Tierra del Fuego. La misión duró desde diciembre de 1945 hasta agosto de 1948.
Al regresar a Francia, participó nuevamente en excavaciones arqueológicas, estudió el material traído y preparó una segunda misión. En 1950 recibió el Premio Liotard de manos del Presidente de la República por su labor.
La Patagonia chilena lo vio regresar en junio de 1951 para continuar sus investigaciones arqueológicas, que continuó hasta noviembre de 1953. Su esposa, Annette Laming, también etnóloga, se unió a él en octubre de 1952 y en adelante participaría en casi todas sus misiones. Muchos sitios fueron excavados o reconocidos durante esta campaña.
De regreso a Francia, emprendió el estudio de los documentos recopilados; pero pronto, a petición del profesor Paul Rivet, se embarcó hacia Brasil para estudiar los “sambaquis”, estos montones de conchas, antiguos hábitats de los hombres prehistóricos. Luego exploró los sambaquíes de la costa del Estado de Sâo Paulo y realizó, en condiciones muy duras, de marzo a octubre de 1954, excavaciones en la región pantanosa del canal de Batioga
Con su esposa emprendió una nueva campaña de excavaciones en la región lagunar de Cananeia, entonces en la costa del Estado de Paraná. Esta misión duró desde junio de 1955 hasta abril de 1956.
Tras una breve estancia en Francia, regresó a Brasil donde, de diciembre de 1956 a enero de 1958, impartió un curso en la Universidad de Paraná, sin descuidar sus excavaciones de sambaquíes y depósitos de piedras talladas en varios puntos de la costa. el interior. De enero a mayo de 1958 reanudó sus excavaciones en solitario en la Patagonia chilena y descubrió la ciudad del Rey Felipe. De mayo a octubre, después de un viaje.de estudio en los estados de Rio Grande do Sul y Santa Catarina, reanudó sus investigaciones en Paraná y más especialmente en el sambaqui de Guaraguassu que excavó con su esposa.
En octubre de 1958 partió nuevamente, en compañía de su esposa y su hija, hacia la Patagonia chilena donde, después de haber visitado nuevamente los yacimientos de la costa norte del Estrecho de Magallanes, reanudó las excavaciones iniciadas en la isla Riesco. el sitio de Ponsonby; allí moriría el 11 de diciembre de 1958.
Su esposa continuó valientemente el trabajo hasta junio de 1959, primero sola y luego, a partir del 8 de febrero, con la ayuda de Henri Reichlen, que vino especialmente desde París para este fin. Luego regresó a Paraná donde continuó las excavaciones de junio a octubre de 1959.
Los trabajos y publicaciones anteriores de José Emperaire, así como sus últimas investigaciones, han hecho una importante contribución al estudio de las regiones aún poco conocidas de la Patagonia, tanto sobre los indios en peligro de extinción como sobre los sitios arqueológicos. Su trabajo sobre los sambaquíes brasileños no es menos interesante.
Entre los resultados más llamativos podemos recordar, además de su estudio etnográfico sobre los últimos Alakaluf.
En la Patagonia, las investigaciones realizadas entre 1951 y 1958 demostraron la existencia de varios períodos distintos de ocupación humana prehistórica, siendo los más antiguos los que siguieron de cerca el retroceso de los últimos glaciares, probablemente a través de la zona atlántica.
Los sitios en la frontera chileno-argentina podrían fecharse, mediante carbono, entre 8 y 9.000 años para los niveles antiguos. Toda una serie de etapas conducen a los Téhuelches, sin que estos hayan adquirido nunca los conocimientos de agricultura, alfarería y pulido.
En el Estrecho de Magallanes y los mares interiores se han destacado tres etapas. La secuencia es particularmente clara en el sitio de Ponsonby, Isla Riesco, donde iba a morir José Emperaire. El nivel más antiguo fue datado por el laboratorio Saclay con 6.500 años. El nivel más reciente, que se remonta a oire de Saclay, hace 6.500 años. El nivel más reciente, que data de hace 1.000 o 2.000 años, muestra una industria cercana a la de los antiguos fueguinos.
Los depósitos industriales de obsidiana se han datado en hace 9.000 años y la cueva del Milodón, en 10.000 años.
Todo este trabajo, complementado con algunas investigaciones en otras regiones para establecer correlaciones entre sitios conocidos, formaría el tema de una Prehistoria de la Patagonia, algunos de los capítulos ya habían sido esbozados por José Emperaire con su esposa. Este último tiene la intención de completar el trabajo.
La desaparición de José Emperaire afectó profundamente a todos sus amigos y a quienes lo conocieron. En Brasil y Chile, donde representó bien a Francia y donde fue muy apreciado, dio lugar a conmovedoras expresiones de simpatía individual o colectiva. La embajada de Francia en Chile ha recibido numerosas expresiones de pésame y sería demasiado largo enumerar los diarios y revistas sudamericanos que le dedicaron un artículo, y las empresas o instituciones que le rindieron homenaje.
También en Francia tuvieron lugar varias manifestaciones, en particular ante la Sociedad de Americanistas, en su sesión de febrero de 1959.
Emperaire, que era la modestia misma, no hubiera querido que se hablara de él en términos demasiado elogiosos. Sin embargo, es imposible silenciar sus cualidades de observador, su rigor científico, su rectitud moral y la gran honestidad de su carácter y de su vida".
Guy de Beauchêne.



Continuará

martes, 10 de diciembre de 2024

EFEMÉRIDES MAGALLÁNICAS: En un día como hoy, pero del año 1892 se inauguró solemnemente la Capilla ubicada en la Isla Dawson dedicada al Arcángel Rafael.



Un poco de historia
El 3 de febrero de 1889 la goleta "Fueguina", con sus bodegas repletas de víveres y materiales de construcción, partió de Punta Arenas con rumbo a la Isla de Dawson. Monseñor Fagnano acompañó hasta allá a los primeros salesianos, el Rdo. Padre Antonio Ferrero y el hermano coadjutor Juan B. Silvestro.
La primera iglesia construida en Bahía Harris fue de carácter provisional. La estable fue emplazada más tarde en el centro mismo de la Misión, colocada entre la casa de los salesianos y de la Hijas de María Auxiliadora. Tenía la forma de una T y estaba dedicada al Arcángel San Rafael, cuya estatua se veneraba en el altar mayor. La nave central estaba dedicada a los indios, tantos adultos como menores. El brazo lateral de la izquierda era utilizado por las indias, atendidas por las Hijas de María Auxiliadora. El brazo lateral de la derecha servía de sacristía y de lugar de concentración de los Salesianos para sus prácticas de piedad, especialmente para la meditación y la lectura espiritual.
Fue bendecida por Monseñor Fagnano e inaugurada solemnemente el 10 de diciembre de 1892, con la presencia de las autoridades civiles y militares de Punta Arenas, llegadas a la isla a bordo del "Pilcomayo", transporte de guerra de la Armada Nacional.
En esta humilde capilla de la isla Dawson, cuya blanca torre parecía irradiar en el ambiente con fulgores de cielo, fueron catequizados por los Salesianos e Hijas de María Auxiliadora alrededor de 2500 indios. Al abandonar los Salesianos la Isla Dawson el 23 de septiembre de 1911, quedó abandonada y luego se la transformó en salas para las diversas reparticiones de la Sociedad "Gente Grande" hoy propietaria de una parte de la isla. Esta misma sociedad hizo construir más tarde una iglesia sobre una de las lomas que miran la Bahía Harris, esbelta, de regulares proporciones, muy estética. Presentemente un Padre Salesiano de Punta Arenas visita una o dos veces al año la isla para atender espiritualmente al centenar de personas que la habitan.
No debemos silenciar que las Hijas de María Auxiliadora desde 1898 hasta 1911 atendieron en la misma isla Dawson, cerca de la Punta San Valentín, un asilo para niñas de la ciudad de Punta Arenas, lo que nos da la seguridad de un templo más en esa isla.

Tomado de la Monografía de Magallanes. Sesenta años de acción salesiana en el sur (1886 - 1946)
Recuerdo del Noveno Congreso Eucarístico Nacional de Magallanes. Del 6 al 10 de febrero de 1946

lunes, 9 de diciembre de 2024

EFEMÉRIDES MAGALLÁNICAS: En un día como hoy, pero del año 1899, se crea oficialmente el poblado de Puerto Prat, en Última Esperanza




Primer poblado chileno establecido en Última Esperanza con el propósito de reafirmar la soberanía nacional en este apartado rincón de la patria.

Fundado el 9 de diciembre de 1899 por decreto presidencial por el presidente Federico Errázuriz Echaurren, esta emblemática localidad de nuestra región, destaca por su característico clima, belleza de sus paisajes y también por el trabajo realizado por los pioneros que llegaron a hacer patria en este lugar tan especial de Magallanes.

La distancia entre Puerto Natales y Puerto Prat es de 29 Km por carretera. 




 

jueves, 5 de diciembre de 2024

EFEMÉRIDES MAGALLÁNICAS: Recordando que en un día como hoy, pero del año 1992, se inauguró el Monumento Cabo de Hornos


El 5 de diciembre de 1992 fue inaugurado solemnemente el Monumento Cabo de Hornos erigido por iniciativa de la Sección Chilena de la Cofradía de los Capitanes del Cabo de Hornos «Cap Horniers», en memoria de los hombres de mar, de todas las naciones, que perecieron luchando contra las inclemencias de la naturaleza en los mares australes próximos al legendario Cabo de Hornos.

El proyecto en cuestión fue iniciado a fines de 1990 cuando el Comandante en Jefe de la Armada, Almirante don Jorge Martínez Busch, aceptó patrocinar esta iniciativa, comprometiendo el apoyo logístico institucional que demandaba esta difícil tarea, ya que son bien conocidas las características climatológicas de aquellas alejadas y desoladas regiones de nuestro territorio.

En enero de 1991 se invitó –mediante publicaciones de prensa- a los artistas nacionales a participar en un concurso destinado a seleccionar, para posteriormente construir, un monumento que cumpliera los requisitos establecidos en las Bases del Concurso, las que fueron revisadas por el Colegio de Arquitectos de Chile.

A fines de octubre de 1991 fueron recepcionados los trabajos, memorias, planos y maquetas de los quince artistas participantes, quienes presentaron interesantes y novedosos proyectos escultóricos.

Un jurado de ocho miembros, presidido por el Comandante en Jefe de la Armada e integrado por representantes de alto nivel de diferentes áreas vinculadas a esta iniciativa, acordó otorgar el primer premio a la obra presentada por el escultor señor José Balcells Eyquem, profesor de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, proyecto que representaba un albatros en vuelo, ave gigante típica de los mares australes y emblema de la Cofradía Internacional de los Capitanes del Cabo de Hornos, cuya sede principal se encuentra en Saint Malo, Francia.

A principios de 1992 fue iniciada una activa campaña de recaudación de fondos para erigir la obra premiada, que –por su complejidad- presentaba múltiples problemas técnicos, de ingeniería y logísticos que era necesario resolver. Los cálculos de resistencia estructurales y los planos correspondientes fueron realizados por el servicio de Obras y Construcciones de la Armada, asumiendo como premisa básica que la estructura debería soportar los esfuerzos provocados por vientos de hasta 200 kilómetros por hora, con un factor de seguridad del 60 por ciento.

El financiamiento indispensable para levantar el monumento de acero, de 7 metros de alto, que se conforma mediante dos cuerpos independientes de cinco placas de acero cada uno, se logró con la generosa contribución de algunas empresas marítimas y aportes de entidades públicas y privadas relacionadas con el mar, como también de personas naturales, nacionales y extranjeras. Es oportuno destacar que los materiales necesarios -acero, fierro, cemento, pinturas, baldosas, ladrillos, maderas, áridos, etc.- fueron donados, en su mayor parte, por diferentes empresas nacionales, lo que permitió destinar los recursos en dinero a la premiación de los concursantes que obtuvieron los tres primeros lugares, a la adquisición de ciertos materiales y equipos muy modernos y a cancelar mano de obra altamente calificada.

Las diez placas metálicas de la estructura, cada una de 6 mm de espesor, fueron fabricadas en la planta de Asmar Talcahuano. Todos los materiales requeridos fueron enviados a Punta Arenas desde el centro del país. La responsabilidad de erigir el monumento estuvo a cargo del Departamento de Obras y Construcciones de la Tercera Zona Naval. El camino de madera, montado sobre la turba que une el Puesto de Vigía y Señales «Hornos» con el lugar seleccionado para levantar la estructura, tiene una extensión de 328 metros y fue construido con maderas regionales por personal de la Armada dependiente del Distrito Naval Beagle.

La obra exigió el transporte de 120 toneladas de materiales, los que fueron transportados por las barcazas OROMPELLO y RANCAGUA y desembarcados en las isla Hornos por personal de Infantería de Marina y helicópteros navales en una «faena de guerra» que demandó un esfuerzo extraordinario para Oficiales y personal, quienes demostraron –una vez más- su capacidad de trabajo, abnegación y espíritu de sacrificio.
En el lugar elegido para levantar el monumento – la cumbre de la colina que se alza 50 metros sobre el nivel del mar- un grupo de once obreros especializados, contratado especialmente para este propósito y dirigido por el Constructor Civil de la Armada señor Galmier Morales Delgado, inició la construcción de la base del monumento, una plataforma de concreto armado de 6 por 6 metros, enterrada alrededor de 1,50 metros bajo la turba del lugar.

Los trabajos en el terreno se realizaron entre el 17 de octubre y el 22 de noviembre. El tiempo meteorológico fue bastante desfavorable en octubre, mejorando en noviembre, lo que permitió cumplir con gran precisión el plan de trabajos programado.
A la ceremonia de inauguración del Monumento Cabo de Hornos – Cape Horn Memorial – asistieron cincuenta personas especialmente invitadas por el Comandante en Jefe de la Armada quien es, además, Presidente Honorario de la Sección Chilena de los Capitanes del Cabo de Hornos. Entre los asistentes había una delegación de diecinueve Caphorniers extranjeros –diez hombres y nueve mujeres- procedentes de Alemania, Australia, Bélgica, Finlandia, Francia y Noruega. Los demás invitados eran empresarios chilenos y un matrimonio estadounidense, todos los cuales contribuyeron generosamente al financiamiento de la obra.

Los asistentes se reunieron en Punta Arenas a principios de diciembre, se embarcaron en el transporte de la Armada AQUILES, que zarpó de ese puerto el día 3 del mes indicado, recalando por algunas horas en Puerto Williams el día 4 y en caleta San León, isla de Hornos, al amanecer del 5 de diciembre, fecha que será siempre recordado por los participantes porque fue un día excepcional, absolutamente despejado y templado, con una suave brisa del suroeste, condiciones realmente inusuales en esas latitudes australes.
Acercándose al monumento uno encuentra dos estructuras de cemento con placas de mármol, uno dedicado al monumento, y al otro contiene un hermoso poema escrito por la señora Sara Vial de Valparaíso, Chile, que dice:


La inauguración comenzó con un vibrante discurso del Presidente de la Sección Chilena, Vicealmirante Sr. Juan Carlos Toledo de la Maza, quien expuso los motivos que tuvo en consideración la Cofradía para impulsar este proyecto, detallando los aspectos más relevantes de la construcción de la escultura, la que se entregaba en ese momento a la Armada de Chile para su custodia y conservación.

A continuación, el Capellán Naval, R.P. señor Roberto Codina dio lectura a un salmo bíblico, elevó una oración por los marinos muertos en el Cabo de Hornos y bendijo el monumento.

En representación de la Armada hizo uso de la palabra el Comandante en Jefe de la Tercera Zona Naval, Contralmirante señor Hugo Bruna Greene, quien agradeció lo realizado por la Cofradía y aceptó el compromiso institucional de custodiar el monumento.

Por último se dirigió a los asistentes el Presidente de la Cofradía Internacional, Capitán señor Jean Perdraut, de Francia, quien agradeció la invitación del Comandante en Jefe de la Armada y felicitó a la Sección Chilena por la imponente obra realizada, rindiendo tributo a los marinos de todas las naciones que perdieron la vida luchando contra las inclemencias de la naturaleza en el Cabo de Hornos.

La ceremonia finalizó solemnemente cuando el Almirante señor Jorge Martínez Busch, acompañado del escultor señor José Balcells Eyquem, depositó bajo el monumento un testimonio, debidamente protegido, conteniendo en su interior una copia de los planos y antecedentes más importantes relacionados con la construcción de la obra, incluyendo una hermosa Acta de Inauguración del Monumento Cabo de Hornos, la que había sido firmada por todos los invitados asistentes a la ceremonia.

Después de sellar el receptáculo donde se depositó el testimonio, se acercó al lugar la señora Solveig Erikson, representante de las islas Aland, Finlandia, quien depositó una corona de flores y frutos silvestres, que ella seleccionó y preparó durante la breve visita efectuada a Puerto Williams al día anterior.

Finalizada la ceremonia, las fotografías y las entrevistas de rigor, los asistentes visitaron el Faro Monumental Cabo de Hornos, la Capilla Stella Maris y el Monumento al Marino Desconocido – levantado en 1989 – para terminar firmando el Libro de Visitas del Puesto de Vigía y Señales «Hornos».

Tan pronto los asistentes regresaron a bordo del AQUILES en los helicópteros navales, éste zarpó hacia el sur y posteriormente se dirigió hacia el oeste. Al aproximarse al meridiano del Cabo de Hornos el buque paró sus máquinas y, cumpliendo con el protocolo naval, tocó tres pitazos largos de saludo a los caídos en el Cabo de Hornos, saludo que, obviamente, no tuvo respuesta. En ese momento de recogimiento y respetuoso silencio el representante de Noruega, Capitán señor Johan Nilssen, alzó sus brazos mostrando a los asistentes una hermosa corona de laureles –traída desde su país- la que lanzó al mar en memoria de los caídos en el lugar.

Terminada esta simbólica y emocionante ceremonia, el AQUILES dio avante nuevamente, prosiguiendo su navegación hacia los canales fueguinos, finalizando esta memorable jornada al recalar a Punta Arenas el día 6 de diciembre.

La ceremonia de inauguración fue ampliamente publicitada en los medios de prensa, radio y televisión nacionales y extranjeros. En el diario THE TIMES, de Londres, en su edición de 7 de diciembre fue publicado un interesante reportaje y una fotografía del imponente monumento.

El devenir del tiempo ha ido dejando atrás la noticia de la inauguración, pero ninguno de los asistentes podrá olvidar jamás los momentos vividos frente al majestuoso albatros que a la distancia se proyecta magnífico sobre el horizonte, volando hacia el Cabo de Hornos. Quienes tuvieron la oportunidad de participar en el viaje del AQUILES y en esta ceremonia –especialmente los invitados extranjeros- han coincido en reconocer que esta ceremonia fue, para ellos, lo más importante y trascendente acaecido durante el año recién pasado.

La Cofradía de los Capitanes del Cabo de Hornos de Chile puede sentirse orgullosa del trabajo realizado, que evidenció la capacidad de los chilenos para llevar adelante las iniciativas de difícil realización. Nos gusta aceptar los desafíos y cumplir las misiones que nos hemos impuesto. Hemos legado al país un hermoso monumento y esperamos que éste sirva de acicate para acrecentar la vocación marítima de nuestro pueblo.

Agradecemos, finalmente, la contribución intelectual, física, económica y de diverso orden que hemos recibido de tantas personas y entidades que permitieron que esta iniciativa llegara a ser una realidad. Especial reconocimiento merece la Armada de Chile, sin cuya participación, nada se habría hecho. El trabajo realizado es el resultado del esfuerzo perseverante, tenaz y decidido de sus integrantes. Ello justificó plenamente el mensaje que el Comandante en Jefe de la Armada enviara a todos los que contribuyeron, en alguna medida, al éxito alcanzado. Con la parquedad propia de los hombres de mar, el señor Almirante envió un «BRAVO ZULU», que en el código de señales se interpreta como «BIEN HECHO».

Valparaíso, 1993.

Cap C. Hornos Valparaíso


En memoria de los hombres de mar de todas las naciones que perdieron la vida luchando contra los elementos en el proceloso más peligroso mar austral
Erigido por iniciativa de la sección chilena de los Capitanes del Cabo de Hornos Cap Horniers en el quinto centenario del descubrimiento de América.
Diseñado por el escultor nacional Sr. José Balcells E.
Financiado por entidades marítimas y privadas y ejecutado por la Armada de Chile
Inaugurado solemnemente el 5 de diciembre de 1992 con asistencia del Sr. Comandante en Jefe de la Armada de Chile, autoridades de Gobierno y miembros de la Cofradía Internacional de los Capitanes del Cabo de Hornos Cap Horniers.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

EFEMÉRIDES MAGALLÁNICAS: En un día como hoy, pero del año 1981, se declara al Palacio Sara Braún de Punta Arenas como Monumento Nacional

Ver Decreto Supremo 9256 (1981) aquí



Un poco de historia

En 1848, el presidente Manuel Bulnes fundó la ciudad de Punta Arenas con el objetivo de reforzar la soberanía nacional en la estratégica zona del Estrecho de Magallanes. Las dificultades del medio geográfico, la mala comunicación y el clima extremo, constituyeron un desafío para los primeros chilenos que se asentaron en la zona y desincentivaron en gran medida la colonización. Buscando activar la economía de Magallanes, el gobernador Diego Dublé Almeyda importó dese las islas Malvinas un piño de ovejas en 1876, dando inicio a la ganadería ovina, que más tarde se convertiría en la principal fuente de riquezas y trabajo de la región. En 1880, esta iniciativa ya daba importantes frutos y las crecientes exportaciones de lana y carne motivaron la llegada de nuevos colonos chilenos y extranjeros, que invirtieron un capital considerable en infraestructura urbana y comercial. Sara Braun, nacida en Letonia, fue parte de este proceso migratorio. Llegó a Punta Arenas en 1874 y contrajo matrimonio con el empresario naviero José Nogueira, socio de sus padres. Al enviudar en 1893, Sara heredó toda la fortuna de su marido y continuó aumentando su riqueza mediante negocios que también le permitieron ayudar a la comunidad magallánica con obras filantrópicas. En 1895 encargó al arquitecto francés Numa Mayer la construcción de su nueva vivienda, una mansión de estilo neoclásico francés de exuberante elegancia que fue inaugurada en 1905. El palacio, construido en mampostería de ladrillo sobre cimientos de piedra, tiene dos pisos y techumbre de madera cubierta con fierro en forma de escamas. La fachada posee un pórtico con columnas, una terraza y un jardín de invierno cubierto por una estructura metálica. En su interior cuenta con sala de música, un salón dorado, sala de billar y biblioteca, además de dormitorios y otras habitaciones, todas ellas decoradas con mobiliario y ornamentos importados desde Europa. Tras la muerte de Sara Braun en 1955, la propiedad fue adquirida por el Club de la Unión de Punta Arenas, institución que conservó el edificio y su mobiliario original. Desde 1992 en las dependencias del palacio funciona el Hotel José Noguera, además de la sede del Club de la Unión de Punta Arenas y el restaurant La Taberna. El palacio Sara Braun fue declarado Monumento Histórico en 1981 por su valor arquitectónico y por constituir un reflejo del aporte de las colonias extranjeras a la historia magallánica.



 

martes, 3 de diciembre de 2024

EFEMÉRIDES MAGALLANICAS. En un día como hoy, pero del año 1851, es fusilado el Gobernador Benjamín Muñoz Gamero, por órdenes de Cambiazo (ver Motín de Cambiazo)


El Capitán de Fragata de la Armada Nacional, Benjamín Muñoz Gamero fue el que reemplazo en el cargo de Gobernador a José de los Santos Mardones.
Según el historiador Mateo Martinic, Muñoz Gamero había nacido el 31 de marzo de 1817, en la ciudad de Mendoza, hasta donde habían emigrado sus padres por su condición de patriotas fervorosos cuando se produjo el derrumbe de la Patria Vieja. Estos eran el coronel de milicias Manuel Muñoz Úrzua, de figuración pública durante aquel período, y doña Tomasa Alonso Gamero y Toro, distinguida dama santiaguina, nieta de don Mateo de Toro y Zambrano, conde la Conquista y Presidente de la Primera Junta Nacional de Gobierno.
A esa prosapia, Muñoz Gamero añadía sus propios méritos. Oficial distinguido de marina, había hecho una carrera rápida y encomiable en las filas de la Armada de Chile, y cumplido, además, por razón de sus cualidades, relevantes comisiones de responsabilidad que le fueran encomendadas por el gobierno nacional.

Fuera de toda duda, parecía tratarse de una elección acertada para la sucesión del fundador de Punta Arenas. Aunque no se advirtiera, había cierta coherencia en el reemplazo de un soldado viejo y experimentado, por un marino joven, inteligente y profesionalmente capacitado. La energía ejecutora del primero había de ceder paso, en una fundación ya consolidada, a las miras elevadas con las que el segundo imaginaba impulsar el fomento y adelanto de la colonia, sobre bases seriamente estudiadas, como eran las de endilgar su progresista evolución del porvenir a través del ancho camino del mar vinculante.

Por esto, se reitera, su nombramiento pareciera un hecho auspicioso, sólo que quienes habían dispuesto el cambio no contaban con la jugada que habría de hacer el destino a la vuelta de unos meses, en cuyas lamentables circunstancias habría de echarse de menos la veteranía probada del antiguo mandatario."

Lo que vino después fue el conocido "Motín de Cambiazo", que se inició a medianoche del 21 de noviembre de 1851.

Para finalizar esta nota, vuelvo al historiador Mateo Martinic:
"La conmiseración que despierta la triste suerte del gobernador no puede eximirlo ante la historia de la responsabilidad de haberse dejado arrebatar el mando sin luchar, dejando librados a la población y al establecimiento entero a los instintos bestiales de Cambiazo.
En tiempos de normalidad y bajo distintas circunstancias, Benjamín Muñoz Gamero habría pasado a la posteridad como un mandatario eficiente y progresista como el que más, conocidos como eran sus propósitos y su capacidad. En los tiempos anormales en que hubo de desempeñarse, en cambio, resultó ser un funcionario irresoluto y timorato, que defeccionó tristemente, contribuyendo de esa manera a la ruina de la colonia confiada a su gobierno, rematando su infortunio al entregarse voluntariamente al jefe de la pandilla de bárbaros".

Datos extraídos de "Historia de la región magallánica" de Mateo Martinic Beros (Tomo II). Ediciones de la Universidad de Magallanes.