martes, 10 de junio de 2014

PATAGONIA/CIENCIA: Descubierto en Chile uno de los mayores cementerios de ictiosaurios


Fotografía que muestra el cráneo torcido de un ictiosaurio hallado en un sector del Glaciar Tyndall en las Torres del Paine, en Punta Arenas, a unos 3000 km de Santiago, Chile. EFE/Christian Salazar

Científicos chilenos han descubierto en Torres del Paine un cementerio con al menos 46 ejemplares enteros de ictiosaurios, uno de los grandes reptiles marinos de la época de los dinosaurios que desapareció hace 99 millones de años.


“Es uno de los yacimientos de ictiosaurios más grandes de la historia o por lo menos de los que conocemos hasta el día de hoy”, dijo el paleontólogo Christian Salazar, del Museo Nacional de Historial Natural (MNHN).
En solo tres campañas de exploración los investigadores han hallado 46 ejemplares, entre ellos uno con dos embriones de quince centímetros y con restos estomacales que “lo colocan en una categoría de conservación privilegiada y casi única”, recalcó Salazar.

El hallazgo de una estudiante

Todo comenzó con una joven estudiante de pregrado, Judith Pardo, que fue invitada por unos glaciólogos a investigar la zona del Parque Nacional Torres del Paine y descubrió los restos.
“En un congreso posterior en la Universidad de Concepción, ella expuso sus primeros datos ante el profesor y doctor Wolfgang Stinnesbeck, quien la invitó a hacer su doctorado en Alemania”, recordó el paleontólogo quien se unió al proyecto mientras estaba haciendo su doctorado en la Universidad de Heidelberg (Alemania).
Según Salazar, que organizó la primera campaña para evaluar el potencial de esta investigación, “estos organismos tienen la cabeza quebrada y se encuentran completamente articulados, o sea que cuando fueron transportados sus carnes contenían sus huesos unidos, si hubieran muerto mas arriba habríamos encontrado su cuerpos dispersados”.

Sobre los ictiosaurios

Los ictiosaurios medían cinco metros de largo y vivieron entre el periodo Triásico y el Cretácico y al menos 46 de ellos quedaron sepultados por las rocas del glaciar Tyndall, de acuerdo con los resultados de los tres investigadores que fueron en la primera campaña.
Fotografía sin fechar de la científica chilena Judith Pardo posando junto a los restos fósiles de un ictiosaurio en un sector del Glaciar Tyndall en las Torres del Paine, en Punta Arenas, a unos 3000 km de Santiago, Chile. EFE/Christian Salazar 

“Las rocas en las que están contenidos los ictiosaurios son series turbiditicas, depósitos de verdaderos aluviones o derrumbes submarinos que ocurren esporádicamente producto de la inestabilidad de la topografía”,explicó el investigador.
Esas rocas tenían información de “ocho grandes eventos o derrumbes” en los que, además de los ictiosaurios, quedaron contenidas aletas y otras partes del cuerpo, que llevan a los investigadores a preguntarse cuáles eran los depredadores de esta especie prehistórica.
“Clásicamente están asociados con los plesiosaurios, pero no encontramos evidencia de ellos en esta área, aunque estamos seguros de que con más campañas de exploración encontraremos restos”, dijo Salazar.
Aunque parece que los ictiosaurios se extinguieron a consecuencia de un calentamiento global, aún se desconoce la causa definitiva, pero este cementerio promete arrojar luz sobre las preguntas que la paleontología aún no puede responder. EFEfuturo


ANTÁRTICA: El Hespérides partirá a la Antártida el 16 octubre y a Canarias el 25 de agosto


Imagen de un témpano flotando en la Isla Rey Jorge, en la Antártida uruguaya, resultado del deshielo provocado por el cambio climático.EFE/Iván Franco

El buque de investigación oceanográfica Hespérides partirá el 16 de octubre a la vigésima campaña Antártida aprovechando el verano austral y el 25 de agosto navegará al sur de las Islas Canarias donde estará un mes en un proyecto de la Universidad de Las Palmas.

El Hespérides ha recorrido del 29 de abril al 6 de junio un total de 14.983 kilómetros, lo que equivale a una travesía desde Cartagena a la Antártida, en la que han obtenido múltiples datos oceanográficos, y han realizado la cartografía náutica de la zona y una exploración geofísica para conocer sus fondos marinos.

Así lo ha confirmado hoy en rueda de prensa su comandante, el capitán de fragata Javier Moreno, quien ha dado detalles de la última campaña realizada en aguas del mar Cantábrico, donde ha estudiado 58.700 kilómetros cuadrados de su fondo marítimo, lo que equivaldría aproximadamente a la extensión de Castilla-La Mancha.

Entre los accidentes orográficos observados destacan el monte Jovellanos, de 30 kilómetros de longitud y 1.500 metros de altura, el cañón de Santander y el valle de Torrelavega, todos ellos en las costas cántabras.
La misión no tenía por objetivo la localización de pecios hundidos ni conocer los materiales del fondo marino, que será objeto de futuros proyectos de investigación que partirán de la base de esta cartografía del relieve en tres dimensiones, cuyo resultado hará mejorar las cartas náuticas y datos oceanográficos conocidos de la zona.
A pesar de ser un duro invierno, el comandante del Hespérides ha indicado que el estado de la mar y el viento les ha favorecido en esos 39 días de navegación en el que se considera el primer estudio oficial que se hace de la zona, con el que se logrará afinar al máximo las cartas náuticas.
Ahora el Hespérides entrará en los muelles de la empresa Navantia para obras de mantenimiento antes de partir en octubre hacia las dos bases españolas en la Antártida, la Juan Carlos I, en la isla de Livingston, y la Gabriel de Castilla, en la Isla Decepción, y regresar a Cartagena a mediados del mes de abril del año 2015.
En 2013 fue la última campaña antártida del Hespérides, donde analizó los efectos del calentamiento global en los parásitos de los pingüinos y buscó elementos naturales para fabricar nuevos fármacos, entre otros proyectos.
De cara a esa próxima campaña antártica, la que sería la vigésima del buque, el comandante ha insistido en que aún no está planificada, y sólo cuatro proyectos oceanográficos han sido aprobados por el momento, de la Universidad de Las Palmas y del CSIC. EFEfuturo

EFE

Comité de ministros rechazó proyecto energético Hidroaysén





De manera unánime, el Consejo de Ministros rechazó la Resolución de Calificación Ambiental del proyecto energético Hidroaysén. La decisión, aseguran las autoridades, no compromete la agenda energética del Gobierno.

Comité de ministros rechazó el proyecto de HidroAysén


Cueca por los ríos libres



Angel Parra canta por Patagonia sin Represas




Legua York canta por Patagonia SIN Represas



lunes, 9 de junio de 2014

MIS FOTOS: Otoño magallánico







Una imagen, una reflexión con sentido y... el resto es tuyo


TODO RETORNA

Casi no la había visto. Era una señora mayor con el auto parado en la berma del camino. El día estaba frío, lluvioso y gris. Alberto se dio cuenta de que ella necesitaba ayuda. Estacionó su vieja citroneta delante del Mercedes de la mujer, a quien escuchó toser mientras se le acercaba. Aunque con una sonrisa nerviosa en su cara, se dió cuenta de que estaba preocupada.

Realmente para la anciana, que llevaba más de una hora detenida en la carretera y nadie había parado a ayudarle, ese hombre que se aproximaba no tenía muy buen aspecto, podría tratarse de un delincuente. Pero no había nada que hacer, estaba a su merced. El tipo se veía pobre y hambriento.

Alberto pudo percibir como se sentía, su rostro reflejaba cierto temor. Así que se adelantó a tomar la iniciativa en el diálogo:

-Aquí vengo para ayudarla, señora. Entre a su vehículo que estará protegida de la llovizna. Mi nombre es Alberto.

Gracias a Dios sólo se trataba de un neumático bajo, pero para la anciana se trataba de una situación difícil. Él se metió debajo del auto buscando un lugar donde poner "la gata" y en la maniobra se lastimó varias veces los nudillos.

Estaba apretando las últimas tuercas, cuando la señora bajó la ventana y comenzó a conversarle. Le contó de donde venía; que tan solo estaba de paso por allí, y que no sabía como agradecerle. Alberto sonreía mientras cerraba la maleta, guardando las herramientas.

Le preguntó cuánto le debía, pues cualquier suma sería correcta dada las circunstancias, pues pensaba las cosas terribles que le hubiesen pasado de no haber contado con su gentileza. Él no había pensado en dinero, esto no se trataba de ningún trabajo para él. Ayudar a alguien en necesidad era la mejor forma de pagar por las veces que a él, a su vez, lo habían ayudado cuando se encontraba en situaciones similares.

Alberto estaba acostumbrado a vivir así. Le dijo a la anciana que si quería pagarle, la mejor forma de hacerlo sería que la próxima vez que viera a alguien en necesidad, y estuviera a su alcance el poder asistirla, lo hiciera de manera desinteresada, y que entonces lo recordara.

El hombre esperó hasta que ella se fuera. Había sido un día frio, gris y depresivo, pero se sintió bien al terminarlo de esa forma, éstas eran las cosas que más satisfacción le traían. Entró en su auto y se fue.

Unos kilómetros más adelante la señora divisó una pequeña cafetería. Pensó que sería bueno quitarse el frío con una taza de café caliente, antes de continuar el último tramo de su viaje. Se trataba de un pequeño lugar un poco desvencijado. Por fuera había dos bombas viejas de bencina  que no se habían usado por años. Al entrar se fijó en la escena del interior.

La caja registradora se parecía a aquellas de cuerda que había usado en su juventud. Una cortés camarera se le acercó y le extendió una toalla de papel para que se secara el cabello, mojado por la lluvia. Tenía un rostro agradable con una hermosa sonrisa. Aquel tipo de sonrisa que no se borra aunque estuviera muchas horas de pie.

La anciana notó que la camarera estaba de unos ocho meses de embarazo. Y, sin embargo, ese no lo hacía cambiar su simpática actitud. Pensó en como gente que tiene tan poco puede ser tan generosa con los extraños.

Entonces se acordó de Alberto. Luego de terminar su café caliente y su comida, le pagó a la camarera su cuenta con un billete de 20 mil pesos. Cuando regresó con el vuelto constató que la señora se había ido. Trató de alcanzarla y al correr hacia la puerta vio en la mesa algo escrito en una servilleta de papel, al lado de diez billetes de 20 mil pesos.

Los ojos se le llenaron de lagrimas cuando leyó la nota: "No me debes nada, yo estuve una vez dónde tú estás. Alguien me ayudó como hoy te estoy ayudando a ti. Si quieres pagarme, esto es lo que puedes hacer: no dejes de asistir y ser bendición a otros como hoy lo hago contigo. Continua dando tu amor y no permitas que esta cadena de bendiciones se rompa".

Aunque había mesas que limpiar y azucareros que llenar, aquel día se le pasó volando. esa noche, ya en su casa, mientras la camarera entraba sigilosamente en su cama, para no despertar a su agotado esposo que debía levantarse muy temprano, pensó en lo que la, anciana había hecho con ella. ¿Cómo sabría ella las necesidades que tenían, los problemas económicos que estaban pasando, más encima ahora con la llegada del nuevo hijo?. Estaba consciente de cuan preocupado estaba su marido por todo esto.

Acercándose suavemente hacia él, para no despertarlo, mientras lo besaba tiernamente, le susurró al oído:

-Todo va a estar bien, te amo...Alberto

Desafío

PATAGONIA: Recuerdos fueguinos


DIARIO DE VIAJE. UN INGLES EN PATAGONIA

En la Patagonia –un clásico de la crónica de viajes, con algo de ficción– hizo descubrir la Patagonia a un vasto público anglosajón. Los relatos del inglés Bruce Chatwin, que recrean paisajes y personajes del vasto y duro extremo sur del mundo, aún hoy atraen viajeros hasta los más alejados rincones patagónicos.


Por Bruce Chatwin *
Dos ingenieros petroleros me llevaron en su automóvil hasta Río Grande, única ciudad en la costa este de la isla. En otro tiempo prosperó mucho, en virtud del comercio de carne de los ingleses. Ahora, este negocio había pasado en forma temporaria a Israel.
Un grupo de carniceros ortodoxos había volado desde Tel Aviv con el objeto de cumplir los ritos establecidos en el Levítico. La destreza con que manejaban el cuchillo les ganó simpatías entre los obreros, pero su conducta escandalizó a la dirección por dos motivos: sus métodos patriarcales para sacrificar a los animales creaban una congestión en las líneas de producción y, una vez realizado el trabajo del día, nadaban desnudos en el río, para lavarse la sangre de sus cuerpos blancos y musculosos.
Bajo una lluvia torrencial caminé por la costa hacia el Colegio de los Salesianos. Esta institución nació como misión (o prisión) para los indios, pero desaparecidos éstos se había transformado en escuela agrícola.
Los padres eran expertos embalsamadoras y conocedores de geranios rizados. Un sacerdote con anteojos de armazón de acero estaba encargado del museo y me invitó a sentarme mientras extraía el ojo de un guanaco joven. Sus manos ensangrentadas contrastaban en forma notable con la blancura de su brazo. Había estado barnizando un cangrejo araña de un gran tamaño y el olor de acetato había invadido el cuarto. Dispuesta a lo largo de las paredes había una gran cantidad de pájaros embalsamados. Sus gargantas pintadas de rojo parecían gritar contra su embalsamador mediante un terrible silencio.
Llegó un joven sacerdote de Verona con la llave. El museo estaba habilitado en la antigua iglesia de la misión. Los indígenas de Tierra del Fuego habían sido los onas y los haush, quienes cazaban a pie. En cambio los alakaluf y los yaghanes (o yámana) cazaban en canoas. Todos eran nómades infatigables y no tenían otras posesiones que las que podían llevar sobre ellos. Sus huesos e implementos languidecían en vitrinas: arcos, flechas, arpones, cestos, capas de guanaco, todo al lado de los adelantos materiales traídos por un Dios que les enseñó a no creer ya en los espíritus del musgo y de las piedras y les encomendó tareas tales como bordar en punto de cruz, tejer con ganchillo y trabajar en cuadernos, ejemplos de todo lo cual figuraban en esta muestra.
El sacerdote era un joven de aspecto plácido con párpados algo caídos. Pasaba el tiempo observando el punto más bajo a donde llegaba el barómetro y excavando antiguas tolderías en busca de implementos. Me llevó a unas ondulaciones verdosas a lo largo de la costa y, cuando hundió una pala en una de ellas, descubrimos allí una pila de mejillones, cenizas y huesos.
–Mire –exclamó–. La mandíbula de un perro ona.
El museo albergaba un ejemplar embalsamado de esta raza antiquísima, delgada, de hocico afilado, perdida hoy bajo los genes aportados por los ovejeros de raza Highland.
Los típicos “árboles bandera”, que señalan para siempre la dirección del viento.

EN EL GALPON Un hombre a quien conocí en Río Grande me dejó a cargo de sus primos, quienes eran chacareros en las proximidades de la frontera chilena.
Fuera de la ciudad, la estancia José Menéndez se desplegaba sobre una colina de color gris verdoso. Los edificios tenían la pintura descascarada y todo daba la impresión de un barco encallado. Arriba de la puerta del galpón de esquila figuraba el nombre José Menéndez en letras doradas y sobre él la bien modelada cabeza de un carnero campeón. El olor a grasa de oveja llegaba desde la cocina de los peones.
Detrás de las construcciones, el camino se curvaba varias veces, rodeando los pliegues de la llanura. A lo largo de los alambrados crecían bancos de una variedad de aquileas. Llegué al sector de los peones cuando anochecía ya, y cuando dos perros comenzaron a ladrar un viejo chileno los llamó y me hizo señas de que entrase. En el interior había una gran cocina de leña encendida y una anciana estaba colgando ropa de un alambre. El cuarto estaba vacío y muy limpio. En las paredes había retratos de Hitler y del General Rosas pegados allí desde hacía mucho tiempo y algo parduscos a causa de la resina del humo. El viejo me invitó a sentarme en una silla de lona y con ojos lacrimosos comenzó a dar respuestas negativas o afirmativas a mis preguntas.
La mujer fue a la cocina y volvió con un plato de guiso, que dejó sobre la mesa, con cuchillo, tenedor, todo con movimientos lentos, uno, dos, uno, dos. Le di las gracias y ella volvió el rostro hacia la pared.
Un paisano joven que vestía bombachas llegó arrastrando una montura de cuero repujado, se dirigió a su cuarto y la acomodó sobre un soporte al pie de su cama. Llenaba el hueco de la puerta con las espaldas, pero vi cómo la lustraba, de tal manera que había ahora dos ruidos, el chisporroteo del fuego y el del gaucho frontando su montura.
El viejo se levantó y miró por la ventana. Por el borde cubierto de pasto del camino se acercaba un jinete al trote.
–Esteban –dijo, dirigiéndose a la anciana.
El jinete ató su caballo al alambrado y entró. La mujer le había puesto ya el plato. Era un hombre alto, de rostro rubicundo. Mientras comía, habló de los precios bajos de la lana, de la provincia de Corrientes, donde había nacido, y de Alemania, donde nació su padre.
–¿Usted es inglés? –me preguntó–. En una época hubo muchos ingleses aquí. Dueños, gerentes, capataces. Gente civilizada. Alemania e Inglaterra... ¡La civilización! El resto... ¡Los bárbaros! Esta estancia... el administrador era siempre inglés. Los indios matan las ovejas. Los ingleses mataban entonces a los indios. ¡Ja, ja!
Hablamos seguidamente sobre un tal Alexander MacLennan que fue administrador de la estancia en 1899 y quien era más conocido por el nombre de Cerdo Rojo. (...)
Cuando era muchacho había cambiado la turba húmeda de Escocia por los infinitos horizontes del Imperio Británico. Se transformó en un hombre vigoroso, con un rostro chato y rojo por el whisky y por los trópicos, pelo de un rojo claro y ojos chispeantes, a la vez verdes y azules. (...) Cuando abandonó el ejército lo empleó uno de los agentes de José Menéndez. Sus métodos fueron exitosos después del fracaso de los de su predecesor. Sus perros, sus caballos y sus peones lo adoraban. No se encontraba entre los estancieros que ofrecían una libra esterlina por cada oreja de indígena, sino que prefería matar personalmente. Detestaba la idea de ver sufrir a ningún animal.
Los onas tenían traidores en sus filas. Un día uno de ellos llegó con una queja contra su propia gente y dijo a MacLennan que un grupo de indígenas se dirigía hacia la colonia de focas de Cabo de Peñas, al sur de Río Grande. Los cazadores mataban a las focas en una bahía cerrada. Desde los acantilados, El Cerdo Rojo y sus hombres vieron cómo se teñía la playa de rojo, aparte de que la marea hizo aproximarse a los nativos al alcance de sus armas. Ese día mataron a catorce, por lo menos.
–Es un acto humanitario –dijo El Cerdo Rojo–. Siempre que uno tenga valor para llevarlo a cabo.
Los onas, no obstante, contaban con un miembro de excelente puntería, llamado Täapelt, quien se especializaba en matar a asesinos blancos con una justicia selectiva y glacial. Täapelt siguió al Cerdo Rojo y lo sorprendió un día cazando hombres en compañía del jefe de policía de la localidad. Una de sus flechas perforó el cuello del policía y la otra se hundió en un hombro del escocés, quien se recuperó, no obstante, e hizo de la punta de flecha un alfiler de corbata.
El Cerdo Rojo halló, en cambio, su némesis en la bebida originaria de su patria. Ebrio día y noche, la familia Mendéndez terminó por despedirlo. Debió retirarse con su mujer Bertha a vivir en una cabaña en Punta Arenas. Murió de delirium tremens cuando tenía algo más de cuarenta añosz
* En la Patagonia, Sudamericana, 1977.
Paisajes fueguinos, mudos testigos de la masacre de los pueblos indígenas.

Página 12

Japón quiere reiniciar caza de ballenas en la Antártida

Australia fue uno de los acusadores de Japón ante la Corte Internacional.


El primer ministro de Japón, Shinzo Abe, dijo que su gobierno intenta encontrar un camino para reiniciar la caza de ballenas anual en la Antártida.
La actividad de los barcos balleneros japoneses se paralizó luego de que la Corte Internacional de Justicia en La Haya pusiera un alto a esta práctica por considerar que no tenía fines científicos.
Según los jueces, Tokio realizaba una caza comercial ilegal disfrazada de actividad científica.
El caso había sido llevado al tribunal internacional por Australia y grupos ambientalistas.
Japón cazaba unas mil ballenas anuales -principalmente rorcual aliblancos- en la región antártica.
BBC